Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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martes, 13 de agosto de 2013

TÓRTOLA: EL ZURDO SE DEJÓ EL CUCHILLO



TÓRTOLA: EL ZURDO SE DEJÓ EL CUCHILLO

   En la madrugada del 25 de enero de 1908, algunos vecinos del pueblo de Tórtola encontraron abierto el comercio de ultramarinos que allí tenía establecido Tiburcio Camarma, sin que ni dicho sujeto ni su esposa, Fausta Martínez, aparecieran en él, no obstante los llamamientos que se les hicieron.
   Avisada una hermana de Fausta, llamada Manuela Martínez, que vivía en un lugar no muy lejano, hubo de penetrar en las habitaciones interiores y encontrándolas en la mayor oscuridad por estar cerradas las ventanas, encendió una cerilla apareciendo ante ella un cuadro horroroso que la hizo retroceder con espanto.
   En una de las alcobas, sobre el lecho había divisado el ensangrentado cuerpo de su hermana. 
   A los gritos de socorro acudieron varios vecinos, descubriendo en otra alcoba y también sobre la cama el cadáver de Tiburcio Camarma, que presentaba dos horribles heridas ocasionadas con una podadera, las cuales le interesaban la mandíbula inferior seccionándole la laringe.
   Su esposa, también muerta, pres
entaba varias heridas de cuchillo, una de las cuales, la más grave, había penetrado por la región mamaria del lado izquierdo atravesándole el corazón.
   En la alcoba donde yacía el cadáver de Fausta veíase abierto un baúl con las ropas en desorden y en el fondo se encontraron seis botes de conserva vacíos en los que se suponen guardaban los interfectos unas 25.000 pesetas, de las cuales no dejaron los criminales más que un billete de 20 duros. En los primeros momentos fueron detenidos varios vecinos de Tórtola.
   Bajo el cuerpo de Fausta Martínez apareció el cuchillo con que le habían dado muerte arma que se comprobó había sido construida por el herrero del pueblo, Julián G el Chapé, quien inmediatamente fue encarcelado, así como sus convecinos Eusebio y Julián C y Lino T, sobre quienes recaían las sospechas.
   A Eusebio  el Zurdo, y Lino T se les encontró algunas ropas con manchas de sangre, así como dos podaderas que presentaban iguales manchas.
   Posteriormente Julián G, el herrero, declaró que el cuchillo encontrado en la casa del crimen lo había hecho él por encargo de la mujer de C y que sin saber cómo paso a poder del Zurdo quien lo solía usar con frecuencia.
   Por otra parte el afilador Gervasio A declaró que pocos días antes del crimen el Zurdo le había dado el cuchillo para que se lo afilara.
   En el juicio Eusebio C el Zurdo declaró que no tenía nada que ver con los asesinatos, y que el cuchillo no era suyo ni lo había mandado a afilar, habiendo estado en la casa de los fallecidos, únicamente, velando los cadáveres después de que hubiesen muerto. Las ropas de sangre que tenía en las ropas, según dijo, se debían a que cinco meses atrás había llevado a la casa de socorro a un amigo herido en una capea.
   El herrero declaró que vio al Zurdo con el cuchillo muchas veces, porque además era su tío, y que después de que se supo que el cuchillo había aparecido en la casa de los muertos se puso muy nervioso y acabó por confesarle que era el autor de aquellas muertes en unión de Lino T, y que habían contado con la ayuda de su hijo mayor.
   Los demás encausados negaron cualquier participación en los hechos.
   El afilador declaró que efectivamente el Zurdo le había dado a afilar el cuchillo; otros testigos declararon que a los Centenera se les veía rumbear ahora mucho más que antes; el Alcalde declaró que las mujeres de los acusados acusaban mutuamente a sus contrarios; el Secretario que en el registro de la casa de Camarma se encontraron unos 7.000 duros…
   Concluido el juicio quedaron en libertad el Herrero y Lino T, entendiendo el jurado que el crimen había sido cometido por Eusebio el Zurdo y su hijo Julián.
   Julián C fue condenado a muerte, su hijo, por tener tan solo 17 años,  a diecisiete años de prisión, además de reintegrar a la familia de los difuntos la estimación de lo robado, 25.000 pesetas, más otras 4.000 de indemnización, y al pago de las costas.

Tomás Gismera Velasco