Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 29 de septiembre de 2013

ARANZUEQUE: LOS LAZOS DE LA MUERTE



ARANZUEQUE: LOS LAZOS DE LA MUERTE

   La crisis de 1916 afectó también a muchas familias de Guadalajara y sus pueblos. Una de ellas, afincada en Aranzueque, fue la del joven Guillermo Lópeterz, quien cuando los hechos sucedieron contaba con 15 años de edad. Su padre había estado 18 años en la cárcel acusado de matar a un hombre, cuando todo el pueblo, y la comarca, estaba convencida de que era inocente.
   La crisis, y la falta de ingresos y trabajo le llevó a mandar a su hijo Guillermo a poner unos lazos en la finca Monte Alcarria, con el fin de que, si había suerte y caía algún conejo, tener algo que añadir a las patatas.
   Guillermo se dirigió al paraje de Mingo Lozano, al sitio conocido por Nava de Valdarachas del citado Monte Alcarria, y por allí distribuyó alguno que otro lazo. 
   No debió de ser muy diestro al situarlos, pues el guarda del monte, José Sacristitatán, los localizó inmediatamente, pero en lugar de retirarlos decidió esperar a que quien los había puesto los fuese a retirar.
   El guarda lo estuvo esperando durante toda la madrugada de un frió febrero, dispuesto, como contaban las crónicas, a cazar al lacero como quien caza a un conejo.
   En la madrugada del 7 u 8 de ese mes de febrero de 1916, y tras muchas horas de espera, por fin el guarda Sacristán logró descubrir al cazador furtivo. Se trataba de Guillermo Lóperraezz Zofionoto, de 15 años y natural de Aranzueque, quien al darse cuenta de que estaba el guarda salió corriendo; José Sacristán no se anduvo con chiquitas, se echó la carabina al hombro y el estampido del disparo despertó las arboledas.
   El chiquillo recibió la perdigonada, pero aún mal herido pudo llegar a su casa, donde contó lo sucedido, falleciendo aquella misma tarde a consecuencia de la gravedad de las heridas.
   Los vecinos de Aranzueque, al conocer el suceso, se levantaron como quien dice en armas, amotinándose con intención de acudir en busca del guarda, y tomarse la justicia por su mano. Lo pudo evitar la guardia civil, que le dio protección y escolta. En su descargo, el guarda jurado declaró que el chiquillo le había insultado.
   El proceso, desde luego, causó general indignación, tanto en el pueblo como en la provincia, dándose el caso de que unos años antes el propio guarda jurado de Monte Alcarria, pasando por semejantes penurias, había ejercido la misma profesión de cazador furtivo, hasta que fue detenido por cazar con hurón. Tan sólo que el guarda utilizaba aquello para comerciar.
   El juicio tuvo lugar en la audiencia de Guadalajara en el mes de octubre. Al acusado lo defendió el abogado r. Barrena, y aunque su papel estuvo a la altura de su fama, no menos lo estuvo la del fiscal, Julio Martínez, quien aseguró que: “felizmente han pasado aquellos tiempos en que los señores feudales colgaban de las almenas de sus castillos a los vasallos que se permitían cazar una liebre en sus dominios”.
   Y todavía dejó en el aire una pregunta, por si alguien la podía responder: “¿Si ese niño fue condenado a muerte por el delito de colocar unos lazos, qué merece el acusado por matar a una indefensa criatura?
   José  fue condenado por un delito de homicidio a una pena de 12 y un día de prisión, y a indemnizar a los padres de su víctima con 5.000 pesetas.

Tomás Gismera Velasco