Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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lunes, 30 de septiembre de 2013

AUÑÓN: VÍSPERAS DE BODA



AUÑÓN: VÍSPERAS DE BODA

   La vida de Venancio Sevillano, natural y vecino de Auñón, era un libro abierto para todos sus vecinos, amigos, enemigos y paisanos.
   Desde muy joven, al decir de quienes lo conocieron, apuntaba maneras… de gallo matón. Hasta el punto de que, alcanzada la edad adulta, cuando las chiquilladas comenzaron a dejar de serlo, en más de cuatro ocasiones dio con sus huesos en la cárcel de Sacedón. Eso, y alguna otra de sus aventuras le dio el mote de “El carcelero”, por el que en Auñón lo conocían. Claro que otros dirían, como así afirmaban, que era valiente hasta el último extremo, arrogante y bravo.
   Proyectaba casarse el jueves 13 de junio de 1901, así que el sábado anterior comenzó las celebraciones de fin de la soltería. Bebió en todas las tabernas del pueblo, fumó, bailó, e invitó a cuantos se le pusieron por delante, puesto que a esplendidez, llegado el caso, tampoco le ganaba nadie.
   El domingo por la tarde el vino y el aguardiente ya lo tenían un poco alterado, pero aún así se presentó en el baile de los mozos, que tenía lugar en las eras y por un quítame allá esas miradas se enzarzó en la consabida bronca con otros mozos del pueblo, a los que como es natural, y haciendo honor a su bravura, se atrevió a desafiar a duelo de puñetazos, o de navajas, a elegir. Nadie, viendo su estado, aceptó la proposición, y continuaron los mozos a su baile, encabritándose el Venancio, si cabe, un poco más por el despecho que le hiciesen de no batirse a duelo con él, como en otras ocasiones ya pasase, para salir, como gallo vencedor en el corral, pavoneándose una vez más de haber ganado la batalla.
   Al cabo del baile los mozos, como mandaban las costumbres, salieron de ronda por las calles, y por las calles salió de nuevo Venancio a retar a los rondadores, y allá, con la noche cerrada, volaron los mamporros.
   La oscuridad mandó a cada cual a su casa, aunque Venancio Sevillano no apareció por la suya, más comprendiendo su estado de embriaguez en casa debieron de pensar que por algún lugar se había quedado a dormir la borrachera.
   El susto se lo llevó el panadero del pueblo en la madrugada del lunes, cuando al dirigirse al horno se encontró a Venancio tirado en la calle, ensangrentado, con unas cuantas cuchilladas, y cadáver.
   El juzgado se constituyó en el lugar del suceso, para el levantamiento del cadáver, cuya muerte a nadie extrañó, pues se veía venir antes o después, y como el juez sospechase por las primeras indagaciones que alguno de los mozos del pueblo era el autor, ordenó que ninguno abandonase la población hasta no prestar declaración.
   No hizo falta esperar mucho tiempo, dos jóvenes del pueblo, Casto Vallejo y Teodoro Lópezarrez, se declararon culpables.
   Se habían quedado un poco atrasados, Venancio les salió al paso y como en anteriores ocasiones sacó el revólver que siempre llevaba encima. Casto se abalanzó con intención de quitárselo, Teodoro sacó la navaja…

Tomás Gismera Velasco