Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 29 de septiembre de 2013

SEMILLAS: EL EXTRAÑO CASO DEL PEQUEÑO PIRRAQUITAS



SEMILLAS: EL EXTRAÑO CASO DEL PEQUEÑO PIRRAQUITAS

   El pequeño pueblo de Semillas, en la Sierra Negra de Guadalajara fue, sin quererlo, protagonista de uno de los sucesos que más atrajo la atención madrileña allá por el año de 1920. El suceso, con todas las características oscuras de la novela policiaca, se desarrolló en el las cercanías del actual Puente de Vallecas, de Madrid, entre los meses de febrero y marzo de aquel año.
   Damos cuenta, antes de continuar, que nada tuvo que ver en el asunto una buena mujer de aquella población, Cecilia Alonso, quien se refilón se encontró metida en el asunto. 
   El caso es que el 11 de febrero del antedicho 1920 se contó que había sido descubierto parte del cadáver de un niño recién nacido en las proximidades de la carretera de Valencia, junto a la entonces llamada “Casa de la Imprenta”, en el ya citado barrio de Vallecas.
   De tal manera se había destrozado el cadáver del chiquillo que tan sólo se encontró parte del cuerpo, al que faltaban cabeza, brazos y extremidades. Por supuesto que la parte encontrada se encontraba en tal mal estado que pudiera pertenecer a cualquier ser viviente. También se suponía que las partes que faltaban habían sido devoradas por las ratas, o por los cerdos, pues por allí campaban los de algunos vecinos.
   El juzgado se puso a la labor de averiguar lo sucedido a través del inteligente señor Juez del distrito, D. Manuel Biencinto, quien comenzó a tomar declaraciones a los vecinos y a recibir, por cuenta de los vecinos, algún que otro anónimo escrito indicando quién pudiera ser el niño; quienes los padres, y cuál el motivo de su muerte. Parece ser que el señor Juez se empeñó en comprobar una a una todas las notas que le 
remitieron, fijándose los inspectores en una casa de la calle de Uceda, cercana a la de la Caridad, donde se decía que recientemente nació un niño, y nada más se supo de él. Los chismes del vecindario hicieron que se encargase del seguimiento del caso a un inspector que vivía en las cercanías de aquella calle, y por ser vecino encontraría mayor facilidad a la hora de hablar con unos y otros vecinos, puesto que casi todos lo conocían. Así que el inspector Angel Marugán se puso igualmente a trabajar.
   Marugán llegó al convencimiento de que todo había sucedido en la calle de Uceda, en el número 28, en el domicilio de Liborio Ferez Capellejiñaa, quien fue inmediatamente llamado a comisaría y hábilmente sometido al respectivo interrogatorio. Este no tardó en dar sus frutos: Su hija, Gertrudis , de 17 años de edad, había dado a luz una hermosa criatura el 27 de diciembre del año anterior, a eso de la una de la madrugada, pero la criatura ya no estaba en la casa, porque el 29 de enero, y al no poderla atender, fue depositada en el torno de la Inclusa, a las ocho y media de la noche. El abuelo de la criatura ponía como testigos del hecho a dos de sus hijas y al padre de la criatura, en cuyo poder obraba el correspondiente recibo. Luego el cadáver encontrado no podía ser el de su nieto por mucho que el vecindario murmurase.
   Todos los intervinientes fueron llamados al juzgado, más al no comparecer, el señor Juez intuyó que algo escondían, por lo que ordenó las correspondientes detenciones de padres, abuelos y cuñados.
   Del interrogatorio resultó que el recibo de la Inclusa no aparecía, porque no existía; el administrador de la Inclusa, para más ahondar en el tema, señaló que ese día y a esa hora no se había recogido ningún niño y, la cosa se comenzó a complicar, pues entre los declarantes comenzaron las disputas y las distintas versiones sobre la desaparición.
   Gertrudis, la madre, terminó declarando que había dejado el niño al cuidado de Crescencia, la abuela, y que un buen día Crescencia dijo a su hija que el niño había muerto y lo habían enterrado en el descampado de Vallecas donde apareció parte del cuerpo.
   El hábil interrogatorio judicial y policial, logró que al fin el abuelo Liborio confesase la verdad, el padre de la criatura, Bernardo Verázquez Lópezino, de 23 años de edad, lo había asesinado. Todo se resumía en una historia de aquellas de la España de la época: Gertrudis había entrado a trabajar en casa de Bernardo, quien gozaba de una buena posición a través del empleo de su padre en la compañía de ferrocarriles, del roce surgió el deseo, del deseo el amor, del amor el hijo, y con el hijo llegó un deshonor que había que limpiar.
   Ni Gertrudis ni Bernardo confesaron su participación en el crimen.
   El caso pasó al juzgado de Alcalá, lugar de residencia del supuesto asesino, a pesar de que la investigación continuó en manos del inspector Marugán quien, haciendo caso de otro tipo de rumores, comenzó a seguirles la pista.
   Aquellos decían que el niño Pirraquitas en realidad no estaba muerto, sino que había sido dado en adopción a un matrimonio de buena posición a cambio de una determinada cantidad de dinero que vendría a solventar la situación económica de la familia de la madre por una buena temporada, y que el matrimonio adoptante había dejado a la criatura, a su vez, en manos de una nodriza para que lo criara en una buena familia, y en plena naturaleza, en un pueblo sano, con gente sana.
   Siguiendo aquel hilo llegó a nuestro Semillas, donde encontró al niño en la casa de Cecilia Alosno quien ajena a todo lo que había sucedido, se llevó la sorpresa de verse involucrada en tan tremendo lío. El caso se resolvió cuando toda la familia de Cecilia acudió, junto con el inspector Marugán, a la Guardia civil del cuartel de Hiendelaencina, donde todo quedó aclarado por su parte.
   La prensa, al cabo de los día, volvía a publicar la noticia de que: “sólo queda del suceso el mamotreto escrito, pues el niño Pirraquitas, al que se creía se creía descuartizado, se halló vivo y hasta robusto y bien sano, en brazos de su nodriza en un pueblo de Guadalajara. Dicho sea de paso que la familia del niño nunca confesó haber cometido el delito que se le atribuía, y que no ha existido siquiera”.
   Entonces, ¿de quién eran aquellos supuestos restos de criatura?
   La justicia, y la investigación policial que, en muchas ocasiones, y por esos tiempos con más entusiasmo, se dejaba llevar por la intuición de…

Tomás Gismera Velasco