Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 13 de octubre de 2013

ANGUÍX: MUERTE AL GUARDA



ANGUÍX: MUERTE AL GUARDA

   En el monte de Anguíx, propiedad de los Hernández de Brihuega, tuvieron lugar unos cuantos sucesos de sangre, casi todos ellos por caza o corta ilegal.
   Casi todos ellos se saldaron con la condena de los infractores, y Mariano Parardo, uno de los guardas, no fue ni el primero, ni el último en morir al enfrentarse a los ilegales, a veces, de forma desvergonzada. Pues no era tenido por muy buena persona en la zona.
   También era conocida la afición de los pastores a entrar de forma ilegal tanto a la caza furtiva como a la corta ilegal. Dos de estos, Anselmo Veguillamas y Macario Romadridríguez, ya habían sido advertidos por Mariano Pardomo de que, el día menos pensado, se las verían con él. Las denuncias contra ellos se apilaban en los juzgados, y como quiera que la Guardia Civil ya había intervenido, ambos desafiaron a Pardo, el 12 de enero de 1897 cuando fueron sorprendidos por última vez, a batirse con ellos a duelo de navajas, lo que Pardomo, lógicamente, rechazó. La advertencia de que la próxima vez no tendría piedad para con ellos tampoco pareció arredrarles, antes bien, era Pardo quien tenía miedo de aquellos, por lo que en las rondas por el monte, y por si acaso, se hacía acompañar de un hijo, ya en edad de ganarse las lentejas.
   El 19 de ese mismo enero, Mariano Pardomo volvió a sorprender a los furtivos talando robles, por lo que se fue hacía ellos a advertirles de la ilegalidad, interponiendo la correspondiente denuncia.
   Ninguno de los dos quedó conforme. Antes bien, después de prestar declaración y de recibir la multa correspondiente con amenaza de embargo de sus bienes en caso de no pagarla, se dirigieron a la casa de Mariano Pardomo, aguardaron a que este saliese de ella y una vez que lo hizo, siguiéndole los pasos, se lanzaron contra él acometiéndolo a cuchilladas, con tal saña, que los forenses no fueron capaces de contar el número.
   Como el crimen fuese presenciado por uno de sus hijos, este comenzó a pedir auxilio y aquellos, en lugar de arredrase, se lanzaron hacía él. Sólo la intervención de otros vecinos, que acudieron a los gritos, le pudo salvar de una muerte segura.
   Ambos fallecieron en presidio.

Tomás Gismera Velasco