Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 20 de octubre de 2013

HIENDELAENCINA: DON EDUARD, SECUESTRO EXPRÉS



HIENDELAENCINA: DON EDUARD, SECUESTRO EXPRÉS

   La explotación intensiva de las minas de plata de Hiendelaencina, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, llevaron no poca riqueza a los pueblos del entorno, Hiendelaencina y Gascueña de Bornoba, principalmente, aunque tampoco los pueblos aledaños se quedaron al margen, ya fuese porque se requería mano de obra, o porque los filones se fueron extendiendo.

   A Hiendelaencina en apenas ocho o diez años, desde 1845 a 1855, llegaron decenas de personas, industriales y obreros, principalmente y, como suele suceder, donde hay dinero hay delito, así que, al relumbre de la plata, a la comarca llegó también lo mejor de cada casa… de cada casa del crimen.

   Los más tramposos jugadores de cartas pulularon por los tugurios de Hiendelaencina y de Jadraque; también los más hábiles ladrones y, como no podía ser menos, los más elegantes extorsionistas. Los robos y peleas e incluso delitos de sangre se multiplicaron. Hiendelaencina alcanzó en el ranking provincial el número uno en cuanto a delitos de toda clase y en la cárcel del partido, situada en Atienza, rara era la semana en la que no llegaban ocho o diez nuevos huéspedes.

   La llegada de los ingleses a Hiendelaencina también trajo dinero, y los ingleses aumentaron sus riquezas.

   Uno de aquellos hombres, director y apoderado de la mina “La Bella Raquel”, entre otras, e ingeniero jefe de La Constante, don Eduard Rawes, llegó a Hiendelaencina hacía 1854, instalándose primeramente en esta población, luego en Gascueña y posteriormente en una de las casas del poblado minero.

   Sus viajes a Guadalajara y Madrid fueron frecuentes, acompañado casi siempre por un escolta y su secretario, pues los caminos siempre fueron peligrosos, ya que este hombre solía viajar a lomos de caballo.

   Por la personalidad siempre pareció que los ladrones de guante blanco lo respetaron, tal vez pensando que don Eduard, de ser asaltado, no tardaría en identificar a los asaltantes y en ese caso no se andaría con chiquitas a la hora de ejecutar su propia justicia.

   Pero todo cambió el 3 de mayo de 1875. Aquel día don Eduard, en compañía de su secretario, y procedente de Guadalajara, se dirigía a su casa portando algunos documentos y, se supone, que objetos de valor.

   A eso de la una de la tarde ambos caballeros se aproximaban a Alcorlo, en cuyas cercanías se encontraba una venta a la que se daba el nombre de “la venta de Justo”. Poco antes de alcanzarla siete encapuchados montados a caballo los rodearon apuntándoles con armas de fuego y se los llevaron al interior de una próxima arboleda.

   En la arboleda anunciaron a don Eduard que estaba secuestrado, y únicamente lo liberarían cuando les entregase una suma de dinero que los asaltantes estimaron en un millón de reales que por supuesto don Eduard no llevaba encima, por lo que su secretario debía de ir a Gascueña o Hiendelaencina a buscarlos.

   Tras dura negociación, en la que los asaltantes llevaban la voz cantante, demostrando que conocían a la perfección los bienes del inglés, consintieron en aceptar una importante rebaja, dejando el precio de la liberación en 100.000 reales, o lo que es lo mismo, 25.000 pesetas, todo un capital en aquellos tiempos. Que su secretario fue a buscar a su casa con la promesa de no avisar a la guardia y regresando con ellos al inicio de la noche.

   Don Eduard tras el pago del rescate fue puesto en libertad en torno a las doce de la noche. De los asaltantes nunca más se supo y a pesar de que se sospechó del secretario, nada firme pudo haber.

   Meses después llegó a acusarse a dos ciudadanos ingleses del delito, un tal Jorge Parris, y otro tal José Pérez (nombre muy inglés), quienes por el mismo procedimiento le habían sacado unos 50.000 reales a otro industrial, aunque ni del Pérez ni del Parris se volvió a tener noticias.

   Si las hubo de don Eduard, quien a raíz del secuestro comenzó a deshacer la casa, trasladándose a vivir con su familia, primero a Guadalajara y después a Madrid, terminando por vender todas sus participaciones en Hiendelaencina y Gascueña, pasando la posesión de La Constante a manos nuevas.

Tomás Gismera Velasco