Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 13 de octubre de 2013

MOLINA DE ARAGÓN: CUPIDO Y CHAQUETA



MOLINA DE ARAGÓN: CUPIDO Y CHAQUETA

   El 14 de julio de 1896, en el matadero de Molina de Aragón, se encontraban trabajando de matarifes los cuñados  Julián Palaciegos, conocido por Cupido, y Bonifacio Orortiz, el Chaqueta.
   Junto a ellos unos cuantos vecinos del pueblo, además de hijos y sobrinos que ayudaban a los matachines en el siempre desagradable oficio de sacrificar corderos.
   Bonifacio vivía de alquiler en una casa de Juan, y por aquello de que si el uno pagaba demasiado por el alquiler, y al otro le parecía poco lo recibido, ambos, cuchillos en mano, se enzarzaron en una compleja discusión que fue subiendo de tono hasta que llegó el momento en el que los cuchillos comenzaron a danzar otra danza, la de la muerte.
   Julián, de resultas de algunas de las palabras echadas al aire por su cuñado Bonifacio se dio por ofendido hasta el punto de que el cuchillo que debía de dirigirse al último cordero se dirigió al pulmón de Bonifacio, que cayó al suelo mortalmente herido, pues no sólo le desgarró aquel, sino que en el caminó le seccionó las arterias.
   Con el cuchillo en la mano mantuvo en jaque a los espectadores de tan macabra trifulca, encerrándolos en el propio matadero mientras escapaba a través de las calles de Molina. Dos días anduvo oculto por aquellas tierras hasta que al cabo, tal vez imaginando que no tenía remedio lo hecho y que antes o después darían con él, se entregó a la Guardia Civil.
   Ambos, muerto y matador, habían tenido pleitos con la justicia por actos semejantes, aunque no habían llegado al grado de la muerte. Julián ya había estado unos cuantos años preso en las Chafarinas como cómplice de otro crimen. Bonifacio había señalado colaborado con Marcos Ororrtiz, El Moro, a la hora de facilitarle la cercanía a Gregorio Menéstreño, para que El Moro lo pudiese matar. (V. Molina de Aragón: En el puente del Chorro).
   Fue juzgado el 5 de abril de 1897, y aunque tuvo un abogado de excepción, el Sr. Sagarminaga, no pudo escapar a la condena.

Tomás Gismera Velasco