Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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sábado, 9 de noviembre de 2013

ABÁNADES: DUELO A MUERTE EN EL MOLINO DEL QUEMADO


    Las Discusiones familiares siempre fueron un punto importante a la hora de los duelos de sangre. Las herencias, por un quíteme allá un palmo más de tierra, dieron mucho de qué hablar a lo largo de la historia, y lo continúan y seguirán haciendo. Parece que entra dentro del ser, del ser humano, o del ser interesado.

   Las discusiones entre los hermanos Morentencos Salmeterón, en la villa de Abánades, también fueron harto frecuentes a lo largo de los años, desde que el padre falleciese y dejase las cuentas a medio hacer. Es por ello que Raimundo y su hermano Claudio se llevaban, como se suele decir en lenguaje coloquial, a matar.

   Raimundo , de 34 años, estaba casado con Catalina Umased, algo menor que él, pues cuando sucedieron los hechos contaba con 20 años de edad. Además, y por si fuera poco, a Catalina también la había pretendido el otro hermano, Claudio, con lo que se juntó el hambre con las ganas de comer.

   Uno de aquellos días en los que el matrimonio salió a faenar al campo, a la altura de la presa del Molino del Quemado, apareció de improviso, al otro lado del río Tajuña el hermano de la discusión, Claudio.

   Desde la otra orilla comenzó a insultarlos y a juicio de las posteriores declaraciones, a mandarles mil barbaridades, que quienes estaban junto a la presa tomaron muy a mal. Por supuesto que no se quedaron atrás en eso de lanzar reproches a quien les ofendía, pero llegando mucho más lejos, Raimundo le gritó a su hermano aquello de : Si tienes lo que hay que tener…

   Si tenía lo que tenía que tener tenía que decirle todo aquello a la cara, o mejor aún, zanjar de una vez por todas la discusión, si fuese el caso, a porrazo limpio, que parece que en algún que otro tiempo fue la mejor manera de solventar ciertos problemas.

   Y Claudio quiso demostrar que, efectivamente, tenía lo que tenía que tener. Se desprendió de la zamarra, se quitó las albarcas y se tiró al agua. Nadó hasta la otra orilla y allí lo tenéis, delante de su hermano, dispuesto a batirse el puño.

   Lo del puño llegó después, pues arribado a la orilla del molino se armó de pedruscos que comenzó a arrojar sobre sus enemigos. Uno contra dos, batalla desigual, porque el matrimonio respondió con otra lluvia de cantos. Alguno se estampó contra el recién desembarcado, que todavía, en medio de la lluvia pedrusquil, llegó hasta los enemigos que trataron de batirse en retirada.

   Con mejor puntería que los oponentes, Claudio, de un cantazo atinó a derribar a su hermano y aprovechando el momento de sorpresa se lanzó hacía él con intención de partirle la cara de una vez por todas. Intervino en este punto la Catalina, con harto arrojo se quitó del moño una de las alfileres que lo sujetaban y ¡zás! Se la clavó en el cuello a su cuñado.

   Claudio, herido en la garganta, trató de levantarse sujetándose la herida por la que comenzó a brotar un buen chorro de sangre. En ese momento Catalina agarró la azada, apuntó a la cabeza del enemigo y cataplás… Allí terminó la discusión perpetua.

   Sucedió el 2 de julio de 1918.

   Tomás Gismera Velasco