Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

jueves, 21 de noviembre de 2013

ALARILLA: EN EL BARRANCO DE LA GIMENA


   Allí tuvo lugar lo que fue considerado por los vecinos del entorno como un acto de salvajismo al que hacía tiempo no asistían.

   Fue cometido en una chiquilla de Cerezo, de apenas diez años de edad, llamada Teófila, huérfana de padre y a quien su madre enviaba, como al resto de los hermanos, a pedir limosna por los pueblos vecinos, una costumbre bastante frecuente en la España de comienzos del siglo XX.

   Teófila llegó a Alarilla el 3 de febrero de 1917, y tras ir pidiendo de puerta en puerta salió del pueblo para regresar a Cerezo con el producto de lo conseguido, algunas limosnas, algunos trozos de pan…


   Hacía el camino a pie, como era habitual, y poco más allá del caserío, en las cercanías del Barranco de la Gimena se dio cuenta de que la iban siguiendo. Se trataba del mozo de aquel pueblo Valentín Abadía, de 26 años. La chiquilla, acostumbrada a los peligros del camino no le prestó la mayor atención, pues al Valentín lo había visto alguna vez por aquel pueblo.

   Sin embargo aquella tarde el Valentín no llevaba buenas intenciones, llegó hasta la chiquilla, la cogió, se la llevó al barranco y allí… hizo con ella cuanto le vino en gana, según contaban en los pueblos.

   Cuando se cansó de ultrajarla la dejó libre y regresó a su pueblo, mientras la pobre niña regresaba al suyo y en su casa contaba lo sucedido. La madre contó a los vecinos, y los vecinos, indignados, salieron camino de Alarilla donde al no conocer de qué mozo se trataba pusieron el hecho en conocimiento del juzgado y Guardia civil de Hita.

   El juzgado no se anduvo en esta ocasión por las ramas, mandó que todos los mozos del pueblo se presentasen en el ayuntamiento, y allí por la propia Teófila fue reconocido como agresor el mozo Valentín, que fue trasladado de inmediato a la cárcel de Brihuega.

   En Brihuega, acostumbrados al delito y ver a pasar delincuentes por sus calles, en esta ocasión más que curiosidad, como en veces anteriores, mostraron su repulsa.

Tomás Gismera Velasco