Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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sábado, 9 de noviembre de 2013

ALUSTANTE: LA CHIMENEA DEL MIEDO



   A raíz de lo ocurrido en Alustante, justamente un mes antes de la Navidad, es seguro que a muchos vecinos de este y pueblos aledaños se les pasó por la cabeza tapiar las chimeneas y resignarse a que los humos invadiesen las casas.

   Y es que siempre fueron las chimeneas un buen coladero para todo tipo de objetos, desde los caídos del cielo a los que, con escala previa, la utilizaron para adentrarse por sorpresa y… ¡sea lo que Dios quiera!, puesto que por los años de los que hablamos la lumbre casi siempre estaba encendida, si no a pleno rendimiento, al menos con las ascuas suficientes para que al día siguiente, añadiendo unas támaras, el fuego estuviese listo. Eso, además, sin contar con que, de la cadena que habitualmente colgaba de la panza chimeneril, se encontraba el consabido caldero de agua hirviendo, por si sólo capaz de espantar todo lo espantable. A menos que lo espantable no tuviese temor a salir escalfado.

   Eso lo debieron de pensar, y con todo detenimiento, en la casa de los Lorentezo Izquierdote, quienes con todo detalle planificaron el asalto a la casa de de don Rufo Mansillano, para ser ejecutada la acción en la noche del 25 de noviembre de 1925.

   Tal vez pensando Sotero Llomoorente que él estaba ya en edad poco propicia para semejante hazaña, pensó en su hijo, Pedro Llomoorente Izquierdote, para llevarla a cabo.

   Dicho y hecho, la noche de autos mientras la madre vigilaba la calle de las Cuatro Esquinas, Sotero sujetaba la escala para Pedro accediese a la chimenea y, convenientemente sujeto por unas sogas, bajase por ella ¡hasta la cocina! Claro, nos imaginamos como llegó: envuelto en hollines.

   La casa se encontraba en absoluto silencio, aunque con eso ya contaban, pues el matrimonio compuesto por Rufo Mansillano y su mujer, Juana Legahoz, ambos de mucha edad, se encontraba durmiendo.

   Al ruido se despertó Juana, al ruido y al ver la presencia negra de Pedro Llomoorente penetrando en el dormitorio. Juana dio la voz de alarma, y los convenientes codazos a don Rufo para que se despertase, pero en ese momento el hijo de Sotero se lió a golpes con ellos, A la pobre Juana le abrió la cabeza con una podadora y Rufo no escapó a los porrazos. Al momento, visto y no visto, el agresor desapareció.

   Juana salió corriendo a dar la voz de alarma al pueblo, sin poder saber quien había sido el agresor, pues entre el adormilamiento y la negrura fue incapaz de identificar al hijo del Sotero.

   Cuando llegaron las autoridades, en medio de la sala se encontraron a don Rufo agonizante, y poco pudo hacer por él el médico de la villa don Jaime Ramón Redolar, salvo certificar su fallecimiento poco después, cuando al pueblo, y desde Checa, llegaba el sargento de la Guardia Civil, Antonio Urias.

   El rastro del hollín llevaba a la calle del Rayuelo, y se perdía delante de la puerta de Semotero Llomorente; el rastro del hollín y algo de sangre, pues Pedro se había herido con el artefacto utilizado en agredir a los ancianos.

   Por supuesto que los padres nada sabían del hijo, al que situaron en Molina desde dos o tres días antes, aunque al final, estrechados a preguntas, por no decir eso de: o lo cuentas o te lo saco, Somotero confesó que mientras él sujetaba la escalera su hijo entraba dentro. De lo que dentro sucedió no tenía ni idea. La intención había sido la de tomar prestado lo que a don Rufo le sobraba, aunque con las prisas nada fue robado.

   En la acusación al matrimonio, como partícipes y organizadores, estuvo el que la mujer de Sotero incurrió en unos cuantos deslices. Ambos fueron detenidos.

   Pedro estuvo escapado de la justicia unos cuantos días, se recorrió todos los pueblos de la zona llegando hasta Cifuentes, y viéndose perdido y sin recursos, el 5 de diciembre regresó a la casa paterna, imaginando que todo había pasado y nadie repararía en él. No fue así. Allí estaban los civiles, que lo mandaron a la cárcel de Molina.

   El juicio tuvo lugar en la Audiencia de Guadalajara en el mes de noviembre de 1927; allí contó Pedro  que inducido por su padre se arriesgó a meterse en la boca negra de la chimenea; que al ruido se despertó Juana llamando a la nieta y… A Juana, con la podadera le cortó una mano…

   La defensa corrió a cargo de don Santos Bozal Casado, quien hizo un elocuente informe de defensa, sosteniéndola en la imbecilidad de sus defendidos con lo que trató de librarles de una larga condena carcelaria; en todo caso, su ingreso en una casa de salud. De poco le sirvió.

   Ambos, padre e hijo, fueron condenados a cadena perpetua. La madre, como encubridora, a catorce años.

Tomás Gismera  Velasco