Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

viernes, 15 de noviembre de 2013

ESCAMILLA: EL MIEDO DEL PUEBLO




   El miedo a las enfermedades, o a los contagios por las enfermedades, siempre estuvo presente en los pueblos desde sus orígenes, y lo sigue estando en la actualidad, aunque con los avances de la medicina, en mucha menor medida.

   A través de la Edad Media, y hasta los inicios del siglo XX, la peste fue una constante, por la falta de higiene, de una alimentación adecuada o de los remedios con los que combatir el mal.

   Las terribles pestes dejaron en el camino a millones de muertos, y en la época de que haremos referencia, 1916, todavía estaba cercana en la memoria del pueblo los tristes sucesos que acompañaron las terribles pestes que a lo largo del siglo XIX asolaron España, sobre todo la de 1885.

   Tras aquella llegaron las de gripe y las de viruela, que también causaron, aparte de muchas muertes, mucho miedo.

   En Escamilla apareció la viruela en el mes de marzo de ese 1916, en los últimos días de aquel mes, el 27, falleció en Escamilla el vecino de aquel pueblo Elías Herdenández.

   Elías vivía en compañía de un hermano, y al conocerse en el pueblo la causa de su muerte, todas las puertas se cerraron.

   Nadie del pueblo quiso o se atrevió a asistir al difunto, ni mucho menos a quien lo sobrevivió. Tan sólo el médico de la población, Jaime Iscallanes, se atrevió a traspasar la puerta de la casa, atender al difunto y procurar los remedios a quien lo sobrevivió. El médico, y el Alcalde, Trifón Fernández, quien sacando fuerzas, construyó el ataúd con el que llevar a Elías al cementerio.

   El Alcalde convocó al vecindario para que acudiesen a los oficios, y para que colaborasen en el traslado del muerto, pero nadie acudió, ni siquiera cuando se ofreció dinero por irlo a enterrar. Las horas pasaban sin que se presentase nadie, con el consiguiente temor a que, con el cadáver insepulto, la enfermedad se propagase.

   Al final, junto al alcalde y el médico, acudió a la casa del muerto un joven del pueblo, Aniceto Gumierrero, y ya los tres concertaron el entierro con el cura, Jacinto Seteagura. El médico lo amortajó y entre el Alcalde y Aniceto lo bajaron al portal. Luego los tres lo llevaron al cementerio en compañía del cura.

   Al paso, camino del campo santo, se continuaron cerrando las puertas. Y lo mismo sucedió unos días después, cuando la muerte tocó a la puerta de otro vecino del lugar y de la casa tuvieron que sacar a otra muchacha.

   El miedo, siempre libre, elevó a la categoría de héroes provinciales al alcalde, al cura, al médico y a un joven, hasta entonces anónimo, poniendo el nombre del pueblo de Escamilla en los noticieros de España.

Tomás Gismera Velasco