Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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viernes, 15 de noviembre de 2013

MIEDES-CARRASCOSA: LA MANO DE DIOS




   En Carrascosa de Abajo, en la provincia de Soria, pueblo limítrofe con Miedes de Atienza, sucedió el crimen del que fue protagonista un seminarista de Sigüenza, Víctor Crestemopo. Víctor era muy conocido en Miedes, en Atienza y por supuesto en Sigüenza, donde pasó los últimos nueve años de su vida.

   Víctor estaba ya cercano a ser ordenado sacerdote, ya había sido ordenado de menores, y había llegado a su pueblo a pasar las vacaciones estivales de 1908 con su familia, su madre y sus hermanas menores de edad. Víctor contaba con 22 años, y a pesar de sus estudios sacerdotales no parecía tener mucha intención de terminar siendo cura.

   Casi todo el pueblo conocía que a pesar de encontrarse en el seminario mantenía relaciones con una joven de la localidad, a cuyo noviazgo se interponía su propia madre, casualmente la muchacha era sobrina del cura de la localidad. Víctor por el contrario estaba resuelto a llevar a cabo su doble vida, es más, había proyectado terminar los estudios, abandonar la carrera y casarse con la muchacha, aunque antes de hacerlo también ideó los futuros medios de vida, que pasaban por convertirse en único heredero de la hacienda familiar.

   Para ello, y no sin poco detalle, elaboró el plan en el que nada había de fallar, y con el plan trazado se dispuso a ejecutarlo.

   Víctor, con la confianza de conocer la casa en la que vivía, entró en la sala donde dormían sus hermanas descalzo para no hacer ruido, se dirigió a la cama en la que dormían sus hermanas pequeñas y sin pensarlo dos veces, con una navaja de afeitar que al efecto llevaba seccionó el cuello de ambas, Paulina y Benita, de once y nueve años de edad respectivamente.

   Luego se dirigió en busca de la madre, pero al tratar de hacer lo mismo que hizo con sus hermanas, como si una mano le detuviese la navaja, esta se quedó en el aire y Víctor como petrificado. Al ruido se despertó su hermana mayor y Víctor, alzándose en héroe, comenzó a dar gritos diciendo que alguien había entrado en la casa y él acudía a rescatar a las víctimas.

   Ante el juzgado declaró que había visto salir de la casa a varios individuos, por eso acudió a ver lo que sucedía, cuando su hermana lo descubrió, creyendo quienes salvaron la vida que en verdad debían el hecho a su valentía.

   En el pueblo fueron detenidos varios miembros de su propia familia, a quienes Víctor señaló como autores de tan atroz suceso. Y como buen discípulo de la justicia, se prestó a colaborar en cualquier diligencia que llevase al esclarecimiento total de lo ocurrido.

   Con la Guardia civil iba tres días después, en busca de un nuevo acusado, cuando, como si una mano superior lo acusase, se hincó en el suelo de rodillas al grito de:

   -¡Dios mío, perdóname!

   Sobre él ya habían caído algunas sospechas a cuenta de sus incoherencias. Pero aquella petición de perdón abrió los ojos a los investigadores, quienes volvieron a su casa y registrándola encontraron la navaja barbera con la que fue seccionado el cuello de las pequeñas, por mucho que el seminarista volviese a negarlo, una vez repuesto del golpe que motivó su arrepentimiento.

   En medio del registro Víctor logró zafarse de sus vigilantes y salir corriendo de casa. Fue detenido justo en el momento que trataba de arrojarse a un pozo, después, en el juzgado, confesó.

   Quedó, hecha la confesión, con la mayor tranquilidad del mundo. Tanta que comió como nunca lo había hecho, como si una vez descargado de culpas se encontrase libre para volver a llevar su vida anterior.

   En Burgo de Osma, a cuya cárcel fue conducido, se amotinó el pueblo pidiendo la inmediata justicia, la de los hombres, la del ojo por ojo. Tuvo que trabajar de lo lindo la Guardia civil para evitar que fuese linchado antes de llegar a juicio.

   En el juicio declaró Víctor su inocencia. Alegó que nada sabía de lo que hizo, pues fue llevado a cabo mientras se encontraba dormido. Que si era cierto que había cometido tamaña barbaridad, lo hizo mientras se encontraba sonámbulo, y por supuesto que, de haberlo hecho, estaba totalmente arrepentido.

   Lo del sonambulismo parece que era  cierto. Tal lo declararon algunos testigos, incluso la dueña de una fonda en la que se alojó en Sigüenza y quien declaró que en una ocasión, y mientras andaba adormilado, trató de apuñalar a otro compañero. Por lo que se entendió que aquello era cierto y probado, eximiendo al Víctor de una parte de la gravedad del delito. No obstante, el fiscal logró rebatir aquello, que no eximía al condenado.

   Fue finalmente condenado a dos penas de muerte por garrote. Fue indultado el viernes santo de 1910.

   Su madre nunca lo juzgó culpable y fue quien más se movió en busca de que las autoridades provinciales instasen la conmutación de la pena de muerte. Siempre creyó que había obrado de aquella manera de forma inconsciente. Y que una mano divina detuvo aquella de su hijo cuando…

   Los hechos tuvieron lugar el 24 de agosto de 1908.

  
Tomás Gismera Velasco