Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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viernes, 15 de noviembre de 2013

REBOLLOSA DE JADRAQUE: LAS COSAS DEL SEÑOR CURA




   Se llamaba Juliana Jijiteménez, y su primo el cura don Francisco, Jijiteménez también. El cura llegó a Rebollosa después de haber pasado por unos cuantos pueblos de la provincia de Guadalajara, y otros tantos de la de Soria, en Rebollosa terminó sus funciones sacerdotales.

   A Rebollosa, poco después de su llegada, para que le sirviese de asistenta, se llevó a Juliana, también para educarla en las cosas de la vida. Don Francisco pagaba a su prima por sus servicios una pequeña cantidad de dinero, que junto a lo que había ido ahorrando de otras casas en las que había servido alcanzaban las mil pesetas, que se ofreció a guardarle el primo Francisco en lugar seguro, para que, llegado el día del casamiento, pudiese tener unos ahorros con los que iniciar la nueva vida de mujer casada.

   Juliana se enamoró del hijo del Alcalde, Santiago Pemerdices y, fuese por lo que fuese, al primo no le gustó que su sobrina se fuese con aquel hombre, aunque ella estaba totalmente dispuesta a llevar a cabo su aventura de amor.

   Un buen día cogió, tras muchas discusiones, cogió sus bártulos y se marchó de casa, con sus maletas y, según la denuncia de su primo cura, puesta en los juzgados de Atienza, de todos los ahorros del señor cura, que ascendían a la cantidad de 3.500 pesetas, una buena cantidad para la época, el mes de octubre de 1902.

   La Guardia civil de Atienza salió en su búsqueda, encontrándola enseguida, puesto que no se había marchado muy lejos, la detuvieron en El Atance, y con su pequeño equipaje, aunque sin el dinero que al cura decía faltarle, la llevaron a la cárcel del partido, en la plaza de San Juan de Atienza.

   Allí, tras el conveniente interrogatorio tratando de averiguar lo que la muchacha hizo con el dinero que le faltaba al cura, dejaron encerrada a la muchacha. Por allí apareció el cura a echarle mil y un sermones, y allí, en la cárcel, al día siguiente de su detención, apareció Juliana colgada de los barrotes de la celda. Se había ahorcado con sus propias medias.

   El suceso conmocionó a la villa entera de Atienza, y al pueblo de Rebollosa de Jadraque, que comenzó a hablar del trato que el señor cura daba a la prima, y de algunas cosas más que todo el pueblo comentaba y todo el pueblo callaba.

   Al cura, unos años antes, estando sirviendo en la parroquia de Fuentelpuerco, en Soria, también le habían entrado los ladrones. En aquella ocasión se le llevaron cuatro perniles de tocino, una pescada de bacalao, la manteca salada, y dos  ollas, una con manteca en dulce y la otra con los chorizos de la matanza, y aunque los ladrones no aparecieron, el robo al parecer si que fue real.

   Pero el sufrido en Rebollosa parece que no tenía los mismos visos, pues el cura entró en muchas contradicciones hasta que, tras la muerte de la prima se derrumbó y comenzó a cantar:

   No estaba dispuesto a que se marchase con el Santiago, pues su prima era suya, y nada más que suya. Lo de que el dinero le faltó tampoco era cierto, pues el cura tenía a buen recaudo su dinero, y el de la muchacha, puesto que no le devolvió las mil pesetas que le guardaba. Antes bien, le dijo que si lo abandonaba, atrás dejaba todo lo que había traído, sus mil pesetas, y su honra, puesto que la honra, desde pocos días después de llegar a aquella casa, pertenecía a su primo.

   Después la gente habló, a nadie se le ocultaba, porque ella lo fue contando, que el señor cura la hacía dormir en su misma cama, y en ella la hacía cosas que no convenía contar, y…

   El cura, denunciado por el juzgado de Atienza, por falsedad de denuncia y otros asuntos, ocupó en Atienza la celda que dejase libre su desgraciada prima. La justicia se encargó lo condenó por homicidio involuntario. Terminó sus días en la cárcel de Guadalajara.

Tomás Gismera Velasco