Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

RUEDA DE LA SIERRA-MADRID: LA MUERTE DE DON NARCISO



    Don Narciso Martínez Vallejo Izquierdo nació en Rueda de la Sierra, en el Señorío molinés, allá por 1831, el 29 de octubre.
 
   Se hizo cura en Sigüenza y comenzó su ascenso en la carrera eclesiástica, hasta alcanzar los máximos grados, primero como obispo de Salamanca y desde Salamanca, para organizar la diócesis de la capital del reino, fue trasladado a Madrid para ser su primer obispo.

   Llegó a Madrid en plena epidemia de cólera, la del otoño de 1885. Le acompañaba su fama de rectitud y de organizador, y al momento comenzó a reorganizar la curia madrileña, no del todo bien vista.

   No tuvo mucho tiempo para desarrollar su labor, apenas seis meses después de su llegada un cura, con la cabeza alborotada, Cayetano Galeote, en lo que iba a ser uno de los primeros y grandes fastos del obispo en Madrid, el domingo de Ramos, se abrió paso entre el público que aguardaba a su eminencia a las puertas de la entonces catedral de San Isidro, y a bocajarro disparó contra don Narciso tres disparos con un pequeño revólver. El motivo estaba en que el obispo le había relevado de su cargo en una iglesia madrileña y después no lo quiso recibir.

   Mientras el obispo caía a tierra mortalmente herido, el asesino gritaba a voz en grito:

   -¡Ya me he vengado! ¡Ya me he vengado!

   A punto lo estuvieron de linchar allí mismo, aunque la policía lo pudo rescatar para encerrarlo en la comisaría de Leganitos, donde pidió tabaco y comida, se negó a declarar y pidió ver a su criada, con la que luego se dijo si mantenía o no cierta relación que iba más allá de la que entre criada y amo debería de haber.
   Madrid entero se conmocionó con el suceso, ocupando durante varios días las primeras planas de la prensa, pues don Narciso no falleció en el acto, sino que estaría agonizante, en la sacristía de la iglesia, por espacio de casi treinta horas, con el seguimiento periodístico:

   “Tristes recuerdos deja el día 18 de abril, domingo de Ramos de 1886. Al descender de su carruaje alrededor de las diez de la mañana, y subir las gradas de la iglesia de San Isidro, hoy convertida en se le acercó el presbítero D. Cayetano Galeote y Cotilla y le disparó a quema rota tres tiros de revólver. Herido gravemente el Prelado concluyó de subir la última grada, sin volver la cabeza, y cayó desplomado sobre las losas del atrio, en donde fue recogido por sus familiares y varias personas que presenciaron la catástrofe. Entretanto el agresor fue preso y desarmado, metido en un coche de alquiler y conducido a la prevención de la calle de Juanelo, logrando, no sin trabajo, librarle de las iras populares. A todo esto, la gente que llenaba la iglesia esperando los Oficios, asustada al oír el estruendo de los disparos, arremolinose en el templo. Hubo desmayos, empujones, y no ocurrieron desgracias acaso porque cundiendo la noticia, de tal modo impresionó los ánimos que dejó a todos sobrecogidos y abrumados.

   Se suspendieron los Oficios, y mientras se preparaba un lecho al herido, la gente desocupó aterrada el templo, llevándose sin bendecir las palmas, los ramos de oliva y romero. Minutos después, la noticia de aquel horrendo crimen se sabía en los barrios más apartados de Madrid; y un gran gentío, atraído por la curiosidad o el interés, afluía hacía la calle de Toledo, teniendo que evitar la aglomeración algunos guardias civiles de caballería.

   No Obstante la alarma y la confusión que las detonaciones produjeron en la muchedumbre, el venerable herido fue trasladado inmediatamente a la contaduría de la iglesia, colocado en una silla y luego en un colchón, reconocido inmediatamente por algunos facultativos, y segunda vez por el Dr. Creus Manso, pariente y médico de cabecera del ilustre Prelado: por desgracia, las tres heridas eran gravísimas y dos de ellas fueron consideradas por los médicos, desde los primeros momentos, como heridas mortales”.

   No del todo cierto lo que los medios contaron, pues luego se dio cuenta a través de diversos informes que de haber sido operado a tiempo el señor Obispo podría haber salvado la vida, a pesar de la escasez de medios que entonces disponían.

   “Preparose una cama donde el paciente fue colocado; administrándosele los Sacramentos de la  Confesión y de la Extremaunción;  mostrósele poco después un crucifijo que había pedido, ante el que rezaba a diario; quedó en fin, tranquilo en medio de su sufrimiento, ya orando, ya respondiendo con dulce sonrisa a las preguntas que le dirigían.

   El virtuoso Prelado rindió su espíritu a las cinco y cuarto de la tarde del siguiente día 19, en palabras de su médico de cabecera: “A las doce de dicho día 19 se agravó considerablemente. Su pulso se hizo tan depresible que apenas se percibía; su semblante comenzó a indicar que la muerte se aproximaba; a las tres y media nos pidió la mano a todos los que estábamos alrededor y nos la llevó a su frente; después tuvo un delirio, muriendo a las cinco y cuarto de la tarde, dando ejemplo de valor y resignación como no he presenciado jamás.




   El Sr. Martínez Izquierdo tuvo el consuelo de conocer, en la noche del domingo de Ramos el despacho telegráfico del Santo Padre enviándole su bendición. 

   El Ilmo. Sr. D. Narciso Martínez Izquierdo ha sido muerto a los cincuenta y cinco años de edad. Había ganado sus primeras dignidades por oposición y su voz elocuente no solo resonó en el púlpito, sino en los bancos del Congreso y del Senado”.

Una vez muerto fue conducido en procesión al palacio episcopal, donde se organizó la capilla ardiente:

   “El acto de la traslación al palacio episcopal, inmediato a la iglesia de San Justo se efectuó a la una de la madrugada en pobre camilla de la casa de socorro del distrito; la capilla ardiente fue instalada en una pieza del entresuelo, con rejas a la calle de la Pasa”.

Y dos días después de su muerte, desde el palacio episcopal fue llevado en procesión de nuevo a la catedral de San Isidro para recibir sepultura en medio de la conmoción general de Madrid, que se echó a las calles para acompañar el cortejo, presidido por las primeras autoridades del reino, en representación de la Corte, y de Madrid, y por sus hermanos Juan y Alejo, con su capa parda representativa de los hidalgos castellanos, en nombre de la familia:

   “La conducción del cadáver desde el palacio a la catedral se efectuó a las cuatro de la tarde y fue un acto imponente: todas las calles de la carrera, San Justo, Cordón, Sacramento, Mayor, Ciudad Rodrigo, Constitución y Toledo;  todos los balcones, estaban llenos de gente, que saludaban con respeto el ataúd descubierto, llevado en hombros de ocho sacerdotes; todos miraban conmovidos aquel rostro sereno y majestuoso, aquella frente llena de sabiduría y altos pensamientos pocos días antes, aquella mano que pocos meses antes bendecía al pueblo en los mismos sitios, y aquella boca que pronunció al caer sobre las losas del atrio de San Isidro la frase magnánima y piadosa dirigida al matador: “yo te perdono”, mientras el otro gritaba: “ya me he vengado”.

   De siete a nueve de la noche del martes día 20 y desde las cinco de la mañana a las tres de la tarde del miércoles 21, se permitió la entrada del público en general a la capilla ardiente, por la puerta principal del palacio episcopal, asistiendo gran muchedumbre de gentes, las mismas que luego contemplaban su paso en ataúd hacía la catedral.

   Presidían el duelo el Nuncio de Su Santidad; los ministros de Gracia y Justicia y de la Guerra; el Marqués de Santa Cruz y un gentilhombre de cámara de Su Majestad, el Gobernador de Madrid y dos hermanos del finado, D. Juan y D. Alejo Martínez Izquierdo, labradores de Molina de Aragón que llegaron a Madrid el día anterior, vistiendo ropas modestas y larga capa de paño pardo; y era espectáculo curioso el de aquellos dos honrados labradores asistiendo en su humilde traje de gala al suntuoso entierro del hermano que se elevó a las más altas dignidades y a quien honraban en muerte las grandezas todas de la Nación.

   Los estandartes de las cofradías, las cruces parroquiales, el clero y la comitiva, entraron en la catedral: un sepulcro abierto recibió el venerable cuerpo del primer Prelado de Madrid, y la losa, todavía sin nombre, le cubrió para siempre”.


   El juicio a Galeote se llevó a cabo unos meses después, con la presencia en las distintas sesiones de un nutrido grupo de periodistas que dieron cuenta de las locuras del cura asesino, para el que se pedía la pena de muerte.

   El propio Cayetano Galeote pidió defender a sí mismo, y durante horas y horas trató de demostrar que su acción había sido justa y ordenada, y lo que había hecho lo hizo porque lo tenía que hacer.

Entre los periodistas, de los más sonoros nombres patrios, se encontraba también Benito Pérez Galdós, quien con maestría  novelística narró todas las sesiones para la prensa argentina.

Fue condenado a muerte, a pesar de que recurso tras recurso por cuenta de abogados a los que Galeote negaba sus derechos, se consiguió que se aceptase su demencia, siendo encerrado de por vida en el manicomio de Leganés, en el que falleció a muy avanzada edad en 1920.