Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 22 de junio de 2014

BUSTARES: CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO



   Un auténtico escándalo se vivió en Bustares a lo largo del verano de 1924 con unos cuantos protagonistas secundarios, varios vecinos y vecinas de la localidad, y uno principal, el cura párroco, don Gregorio Antitón Momireno.

   El problema comenzó porque el maestro de la localidad comenzó a disgustar al vecindario. Al maestro lo defendió el cura a capa y espada, y los vecinos cargaron contra el párroco. El problema de fondo estaba en que el señor maestro, a juicio de los padres de sus alumnos, no ponía el interés suficiente para que los muchachos aprendiesen las lecciones. El cura defendía que si no aprendían las lecciones no era por negligencia del maestro, sino por falta de interés de los alumnos.

   Los vecinos pidieron la destitución, del maestro. El cura se negó a que fuese destituido, y como quien no quiere la cosa la mayoría de los vecinos se liaron a insultos contra el cura, el maestro y, claro está, el regidor municipal, encargado de rescindir los contratos.

  De la batalla verbal se pasó a la ideológica, levantándose diversos monumentos en las tres casas en las que los tres señalados residían. Monumentos en forma de pasquines y banderolas en las que se les decía de todo, por supuesto nada bueno. Pintadas a las que siguieron el embadurne de las respectivas fachadas a base de excrementos de vaca, que en una de esas noches de finales del mes de mayo parecieron contaminar a toda la población. Gesto que llegó a lo más alto del pueblo. A la copa del mayo.



   El cura, desde el púlpito, acusó a media docena de vecinos y vecinas. El Alcalde llamó a la Guardia Civil, que durante varios días vigiló la población, porque no llegase la sangre al río.

   El señor cura señaló a quienes creyó responsables, y los denunció por injurias ante la justicia, con la mediación de la Liga Sacerdotal encabezada por el clérigo don Hilario Yabén. Todo quedaría en el olvido si los responsables abonaban al sacerdote, en compensación de daños, 500 pesetas. Todo un capital para la época. Por supuesto que no hubo avenencia y la justicia continuó dando sus pasos.

   Seis fueron las personas a las que se responsabilizó de la rebelión, cinco mujeres y un hombre. Fueron condenados al pago de aquella cantidad, y al destierro del pueblo por espacio de algo más de tres años, con la venia del Sr. Yabén, quien afirmó: No se diga que el Divino Maestro perdonó y que el sacerdote debe también perdonar, y perdona; ante Dios. Ante la sociedad debe exigir el divino castigo porque este es el único medio de defender el prestigio del clero e impedir la repetición de hechos tan abominables.

   Aquellas palabras, reafirmando la condena, enardecieron todavía más el espíritu de las gentes de Bustares, hasta el punto de que el Sr. Obispo, por calmar los ánimos, retiró de Bustares al cura de marras, tranquilizándose en parte los ánimos. Tan sólo que con condena firme el sacerdote se mantuvo en sus trece, exigiendo que, para perdonar, casa uno de los vecinos acudiese a su casa a pedirle personalmente perdón, y pagar su parte de multa. A la casa de su pueblo a la que se retiró, en Caltojar, en la provincia de Soria.

   Dos de aquellos vecinos pagaron su parte de multa al abogado del cura, pero no fueron al pueblo. Mientras que los otros cuatro se negaron a ello, declarando ante los tribunales que el Sr. cura les exigió, para recibir el perdón, acudir a misa durante tres meses con una vela en cada mano y permanecer, durante el tiempo de la misa, con las velas encendidas, de rodillas y con los brazos en cruz.

   Al final los injuriantes, defendidos por el abogado don José Serrano Batanero, consiguieron salirse con la suya. Fueron absueltos, y el cura no regresó por Bustares, con el enfado de don Hilario Yabén, quien continuó recurriendo a la justicia una y otra vez, y otra… hasta agotar todas las instancias.

Tomás Gismera Velasco