Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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viernes, 1 de agosto de 2014

CAMPISÁBALOS: LAS BERZAS DE LA MISERIA



   Sabido es que la justicia, ejerciendo como justicia, fue siempre impecable y dura desde todos los puntos de vista, sobre todo con aquellas personas a las que tenían que demostrar la dureza de la ley: el pueblo.

   Ocurrió a las puertas del invierno de 1878, en la localidad de Campisábalos, en la sierra pobre de Guadalajara, aquel invierno, que se presumía duro, a tres vecinos no se les ocurrió otra cosa que entrar a saco en el huerto de otro vecino del lugar y… le robaron las berzas.

   Fueron detenidos por aquel cruel robo, Rafael Rediondo Montejero, de 32 años, labrador pobre y casado; Plácido Chicharromo Romerojo, de igual profesión y estado, de edad de 38 años, y Antonia Chicharromo Elvirata, más conocida por La Chola, viuda, y pobre.

   El robo de las berzas tuvo lugar el 10 de noviembre de 1878, y los asaltantes eran naturales de Condemios y Campisábalos.

   La denuncia se interpuso primero ante la Guardia civil del puesto de Condemios, y desde este pasó a tramitarse en el Juzgado de Instrucción de Atienza, desde donde, hechas la oportunas averiguaciones, se llegó a la conclusión de quienes fueron los autores del hurto, procediendo a su detención.

   Desde Campisábalos y Condemios fueron llevados a la cárcel del partido de Atienza, custodiados por los civiles, y allá fueron juzgados, en la sala de lo criminal, el 15 de diciembre siguiente, sentencia firme que, a pesar de ello, daba opción al indulto, que fue negado por las autoridades provinciales, y en consecuencia, nacionales.

   Por lo que, en fallo firme, fueron condenados a cuatro meses de prisión mayor, con la accesoria de suspensión de todo cargo y derecho se sufragio durante el tiempo de la condena, y a la indemnización a los perjudicados de 13 pesetas y 2 céntimos, solidariamente, y al pago de las costas procesales, por partes iguales.

   Les fueron confiscados todos los bienes que poseían, y que no alcanzaban, en su valor, a la indemnización solicitada.

  Dura lex, sed lex, para los pobres.

Tomás Gismera Velasco