Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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martes, 2 de septiembre de 2014

ATIENZA. UN APRETÓN INOPORTUNO




   Fue el que le dio al atencino Simón Cerrajada en la fría noche del 26 de enero de 1870, y que le costó arruinarse la vida después de pasar más de catorce años en prisión y tener que hipotecar todos sus bienes para hacer frente a la indemnización a que fue condenado por su acción, y al pago de las costas.

   Aquella era una noche tranquila, de esos inviernos duros a que en Atienza todos se acostumbran, y aquella, a falta de mejores diversiones, un grupo de amigos se reunieron a beber, hablar, jugar y bailar en la casa de uno de ellos, llamado Mariano Catalitlinas, en las cercanías de la plaza Mayor.

   A eso de las diez de la noche el grupo, cargado más de la cuenta, decidió cambiar de casa en la que continuar la noche en la casa de Julián Majatas, no muy lejos, en la que, además de juego, vino y baile, había mujeres.

   Allí estuvieron todos hasta cerca de las dos de la mañana, en la que cada cual se fue por su camino, salgo dos grupos de tres o cuatro que decidieron, por calles diferentes, llegar hasta la plaza, pero armando bulla de ronda, y dando grandes voces, que por ello fueron tenidas en lugar de por cantos.

   Los dos grupos se encontraron, y por aquello de que las rondas no son buenas, ambos se enzarzaron en la discusión de si debían rondar los mozos, los casados o ambos a una.

   Uno de entre los solteros soltó aquello de: “Los casados a su casa”. Lo dijo el tal Lorenzo Cerrada en la esquina de la calle de la Fragua, a lo que un tal Higinio Orteriga respondió que: “los casados no se meten con nadie”.

   Y ahí está la cuestión. A Lorenzo Cerrajada se le echó encima un tal Carlos Mituñoz, quien auxiliado por su padre se lió a porrazos con el Lorenzo, y los dos, el Mituñoz y el Lorenzo, rodaron por el suelo, donde se continuaron dando, como quien dice “pálpelo”.

   Simón Cerrajada no iba en el grupo, ni había estado con ninguno de ellos, que estaba en su casa, tan tranquilito y al calor de las mantas, en la cama, pero hete ahí que en esas, cuando la discusión de su hermano Lorenzo con el Carlos Mituñoz le dio un tortijón (que así lo declaró), y salió al corral “a tirar los pantalones”, en ello estaba cuando le llegaron las voces de la calle. Conoció la de su hermano y, recompuesta la figura, saltó la tapia y sin mayores miramientos, y con una navaja o puñalito que siempre guardaba, se acercó al grupo, cogió al Carlos por los pelos y…

   Todos se quedaron helados cuando escucharon al Carlos Mituñoz gritar con cierto desgarramiento:

   -Mas matao…

   El Simón, que ya había hundido el cuchillo en el pecho del Carlos volvió a levantarlo y dejarlo caer de nuevo antes de que su hermano le dijera:

   -¿Qué haces, qué haces?
 
  Y el otro:

   -Por ti, por ti…

   A los gritos llegó el Alcalde, don Miguel Sáez, peo ya nada tenía remedio, y en la calle de la Fragua, por un quítame allá esa ronda, un mal apretón y una confusión, se encontraba el cadáver de uno de los rondadores…. Que las rondas no son buenas…

Tomás Gismera Velasco