Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 5 de octubre de 2014

EL BOCIGANO: LA MUERTE DEL ALBARQUERO



   Sucedió en el mes de octubre de 1902 y mantuvo en la incertidumbre a los pueblos comarcanos, y a toda la serranía de El Ocejón, y más allá.

   Se trató de la muerte de uno de aquellos personajes que recorrían los pueblos vendiendo telas, zapatillas, albarcas, paños y, en resumidas cuentas, cuando podía, de puerta en puerta, llevando la mercancía a lomos de una mula, y acompañado de un borriquillo, que él solía montar, y en el que le acompañaba igualmente un muchachuelo aprendiz del oficio. El buhonero era natural de la Aceveda, en la provincia de Madrid, el joven, de 15 años, de la capital del reino.




   La sorpresa fue encontrar un buen día de finales de aquel octubre a la mula y al asnillo perfectamente atados en la dehesa de Santuy, entonces propiedad de la viuda del general Rodas, y a no mucha distancia del lugar en el que se encontraban los animales encontraron los cadáveres de ambos. El buhonero, Clemente Sanzin, contaba con 72 años de edad, y aparecía muerto, cosido a puñaladas. El joven, León Sanzin, había sido degollado, probablemente mientras dormía.

   Los descubrió la familia del anciano la cual, pasados los días en los que debería de haber regresado a casa con el producto de la venta, sin haberlo llevado a cabo, salió a recorrer el camino que aquel debiera de haber llevado, hasta dar con la desagradable escena.

   La última vez que fueron vistos, saliendo de El Bocígano, fue el 16 de aquel octubre, y el crimen se descubrió diez días después. Por supuesto que el móvil del crimen no fue otro que el robo, pues nada de valor quedó entre el equipaje, y este había sido convenientemente registrado.

   Nunca, al parecer, se supo quienes fueron los responsables de tan tamaña barbarie, pues a pesar de la insistente investigación de la Guardia civil del puesto de Cabida, y las indagaciones que se llevaron a cabo por los pueblos próximos, nadie supo, o pudo, ofrecer pistas.
  
Tomás Gismera Velasco