Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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viernes, 28 de noviembre de 2014

GASCUEÑA DE BORNOBA: UN MÉDICO SAGAZ


   Comenzaba el frío invierno serrano en tierras el Alto Rey, por la entonces todavía pobre en inversiones mineras Gascueña de Bornoba, pues el gentil Gorriz no había dado comienzo a su enloquecedora pasión mineral en estas tierras. Más que comenzar, se estaba de lleno metido en él.

   Corría el año de 1841, cuando el 8 de diciembre Francisco Sojomolinos corrió la voz de que a su pobre mujer le había dado una congoja y…

   Fue un buen matrimonio el compuesto por Francisco Sojomolinos y Cayetana Letial, ambos, en el momento de los hechos, rondaban los cuarenta años, y en el momento de los hechos había sido bendecido el matrimonio, según entonces se decía, con tres retoños, dos varones y una hembra, entonces todavía de corta edad, el mayor, Balbino, apenas contaba con doce años de vida, y a pesar de todo, era ya un hombre hecho y derecho que ayudaba en las faenas de la casa, que se mantenía con unas cuantas cabras y alguna que otra tierra de poca labor.

En Gascueña de Borbona, a las puertas del invierno...

 No vivía mal el matrimonio, y a juzgar por las declaraciones del vecindario, incluso se les vio siempre en amigable comparsa, como deben ser los matrimonios. Se recoge en el sumario de la causa que “vivieron casados por algún tiempo disfrutando de la felicidad que caracteriza a los matrimonios en los que reina el mutuo amor entre los conyugues, elemento poderoso de la paz y tranquilidad de las familias”. Pues eso.

   Hasta que ante los ojos de Francisco Sojomolinos se cruzaron los pasos de su prima María, Sojomolinos también, de poco más de veinte años de edad, y se desató entre ambos la pasión.

   No la ocultaron, ni a propios ni a extraños, pues en pueblo de poco vecindario y donde todos se conocen las piedras tienen ojos y por mucho que se quiera, poco escapa a la sagacidad vecinal. La joven María, en más de cuatro ocasiones se metió en la casa, y se supone que en la cama, de Francisco, cuando la mujer andaba por el campo, o en la iglesia, o el lavadero…

   A tanto llegó la pasión entre los primos Sojomolinos que ambos planearon la fuga del pueblo, dejando a Cayetana con los críos, mientras ellos vivían en otras tierras su aventura de amor. Y lo llevaron a cabo. Francisco engañó a Cayetana contando que tenía cosas que hacer en la capital, y María a sus padres diciéndoles que se iba a buscar trabajo a Madrid. Y a Madrid se fueron ambos, con lo puesto. Y se dieron cuenta de que una cosa es vivir de los sueños y otra alimentar la realidad, por lo que, hambrientos y sin posibles, regresaron a Gascueña ocho o diez días después de la fuga.

   Claro que a partir de entonces las cosas entre Francisco y su mujer fueron a peor. De las palabras Francisco pasó a las manos y Cayetana llegó a amenazarle que si la tocaba… Además, por si todo ello fuera poco, cuando Francisco se empeñó en vender unos huertos, con los que reunir un capitalillo con el que empezar la nueva vida proyectada con la María… Pero ¡ay!, los huertos eran de su mujer, y su mujer se negó en redondo. En más de cuatro ocasiones tuvo que salir corriendo de casa, con los críos a cuestas, en busca de refugio en casa de los vecinos, temerosa de que su Paco…

Intervino el Alcalde, el cura y el sacristán en eso de tratar de poner paz en la guerra de Francisco, reconviniéndole de que se debía a su mujer y a sus hijos, y tantas veces como fue reconvenido, tantas se arrepintió y volvió al redil para volver a salir de él. Lo bueno que tiene ser un buen cristiano, que te puedes arrepentir tantas veces como desees, para volver a pecar después del arrepentimiento… Una confesión, la penitencia, y otra vez el alma limpia.

Aquella mañana de la Inmaculada Concepción, Francisco salió temprano en busca del cura, pero el cura tenía prisa, Francisco, ya, ninguna.

-Que le ha dado una congoja a la Cayetana –que le dijo.

Quedó en pasar después a verla. Después de la misa matinal. Cuando fue se la encontró en la cama, amortajada en un sabañón que el propio Francisco le había dispuesto aquella misma madrugada, en confesión de los hijos mayores, Balbino y Miguel. Todos en la casa la rezaban, y los hijos la lloraban, aunque Francisco no mostraba demasiado dolor.

El cura avisó al Alcalde, el Alcalde al Secretario, el Secretario al Juez, el Juez a la Guardia civil, y entre todos descubrieron lo sucedido: Cayetana, sin poder aguantar la tensión matrimonial, decidió poner fin a su vida colgándose de una escalera de la cámara…

La encontró Francisco, de madrugada. Bajó a despertar a los chicos, al Balbino y al Miguel, que dormían en la cocina, diciéndoles que la madre había desaparecido, que no estaba en la cama. Se pusieron a buscarla y al fin la encontraron, colgada…La descolgó, la bajo a la cama, la lavó, la amortajó y la comenzaron a velar, hasta que llegó el cura, y luego el Alcalde y después...

 
Cuando salía de casa, a la iglesia o al lavadero...
 El médico del pueblo, Don Diego, para dar cumplimiento a las formalidades forenses tuvo que quitar el sudario con el que se amortajó a Cayetana y encontró algunas señales que no le gustaron, por mucho que la Guardia civil y el Juez atestiguasen que, efectivamente, la mujer, en su desesperación, había puesto fin a su vida de aquella forma tan…

No autorizó el entierro hasta que llegaron a Gascueña los médicos de Atienza y Hiendelaencina, necesitaba algunas opiniones más que verificasen que sus sospechas estaban encaminadas al delito.

Tardaron en emitir su informe, pero lo hicieron. Cayetana había sido, efectivamente, asesinada por su marido. De forma tan sagaz que pudo pasar por un suicidio.

Nunca lo confesó, pero todo demostraba que a la mujer le llegó la muerte por asfixia, probablemente mientras dormía, después tramó lo del ahorcamiento, que de ahorcamiento tenía casi todas las señales: cuello roto, moratones… Tan sólo que dado su poco peso, los forenses vieron poco fiable que desde el lugar en el que colgaba la soga, la mujer pudiera haberse roto tantos huesos, además, tocaba el suelo con los pies, y, según los chiquillos, cuando la encontraron tenía la boca tapada con un pañuelo, y la cabeza con un mantón, y…

Largo fue el proceso en el que declaró, en la Audiencia de Atienza, medio pueblo de Gascueña, casi todos en contra el acusado, quien se mantuvo firme hasta el final en que él era inocente de aquella tropelía, y así lo trató de verificar el abogado, don Pablo Bahamonde.

De poco sirvió, a María Sojomolinos, la amante, la declararon cómplice por instigación, y aunque no se probó su participación en el suceso, la condenaron a cuatro años de prisión en un correccional de mujeres.

Francisco Sojomolinos salió de Atienza camino de Guadalajara, y de Guadalajara a Madrid, y de Madrid a Cádiz, donde lo llevarían en galera al presidio del Peñón de la Gomera, a cumplir diez años de penas, trabajos y cárcel… La sentencia, a pesar de todo, fue cuestionada, los vecinos del pueblo consideraban que fue demasiado benévola…

Tomás Gismera Velasco