Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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lunes, 16 de marzo de 2015

FUENTELENCINA: MONTESCOS Y CAPULETOS



FUENTELENCINA: MONTESCOS Y CAPULETOS

   Amaneció febrero de 1922 en Fuentelencina más que con rivalidad carnavalesca, como debía de ser, por los días que se vivían, con rivalidad dramática que terminó, como en el drama de shakespeririano, en sangre. Como suelen terminar los grandes dramas. Tan sólo que este era real como la vida misma.

   Las informaciones dan cuenta de que ese día, miércoles 1 de febrero, se culminó el drama que dio comienzo mucho tiempo atrás.

   Cuando en el pueblo fijaron su residencia “una señora llamada L.V., esposa del director de la Escuela Normal de Maestros de Avila, don M. M.”

   Dicen en Flores y Abejas: Al poco tiempo de llegar al pueblo doña L. inició una campaña a favor de las clases desheredadas, y lo que antes era una paz octaviana se convirtió en un hervidero de rencores y disgustos hasta el punto de que en las anteriores elecciones municipales, los elementos populares, capitaneados por doña L. V., dieron bastante que hacer a los vecinos mejor acomodados, que no eran los que hasta entonces habían dirigido la política local.

   Es el caso que el 26 de enero el alcalde de la villa remitió al Gobierno civil una comunicación en la que daba cuenta de que en el pueblo, de cara a las elecciones, se notaba mal ambiente. Calificó la situación de pre-revolucionaria, motivada por las reuniones clandestinas de algunos vecinos de la localidad, a altas horas de la noche, temiendo que de aquellas, surgiese algún conflicto electoral.

   Días después solicitó el edil refuerzos de la Guardia civil, a fin de que garantizasen un orden que veía amenazado por quienes no admitían la política impuesta desde el consistorio, y que indudablemente peligraba con un vuelco electoral.

   El 1 de febrero, las fuerzas gubernamentales y civiles del pueblo se hicieron presentes en el domicilio de uno de los hijos del pueblo, don D. N., al parecer origen de los conflictos, ya que en su casa se mantenían las reuniones en las que se hablaba de la eliminación electoral de las fuerzas en el poder. Durante aquella, en los forcejeos que don D. sostuvo con quienes aguzados por los mandos trataban de allanar el domicilio, uno de los agentes del orden, no identificado, sin encomendarse a Dios ni al diablo, prefirió allanar el camino a la patalallana, o sea, apartando de un tiro en la barriga al oponente.



   Falleció al poco tiempo, sin dar tiempo siquiera a que los médicos tratasen de salvarle la vida, y lo que trató de ser un acto de “buena voluntad”, del señor Alcalde por conservar el orden constitucional, se convirtió en revolución.

   La Guardia civil, llegada para imponer el orden desde la vecina localidad de Tendilla, en lugar de mantenerse firmes y tratar de poner remedio a la situación creada, prefirió esconder la cabeza y salir, como decirse suele, por patas, abandonando Fuentelencina a la carrera, perseguidos por los vecinos enfurecidos. Llegaron los civiles escapados a su casa, es decir, a su cuartel, y allí les dieron ánimos y nuevas fuerzas con las que regresar al lugar de la discordia, y comenzaron las detenciones de quienes amenazaron a los beneméritos.

   Las elecciones transcurrieron con absoluta tranquilidad, a pesar del cadáver de cuerpo presente, y de las amenazas del Alcalde temeroso de perder el cargo. Y nada mejor, para conservarlo, que eliminar al contrario.

  Las declaraciones del sector oficial dijeron que tras los sucesos a que se vio sometido el pueblo, y que originaron la intervención judicial, municipal y de la Guardia civil, el fallecido se arrojó contra el máuser que portaba el número de la benemérita don  M.C., y las resultas fueron las por todos conocidas. De las diligencias que se llevaron a cabo únicamente fue culpado el muerto, quien, conforme al testimonio del juzgado, y de los civiles, atentó gravemente contra las fuerzas del orden.

   Justo es decir que los miembros “populares”, que optaban a arrebatar la alcaldía a los “liberales”, retiraron a su candidato. Logrando los liberales una aplastante mayoría ya que los populares no acudieron a votar.

   No hubo más caso. Ni más acciones de la justicia. Ni el guardia M.C. hubo de responder por una muerte en todo caso “justificada”. Nada.

   Claro está que en Fuentelencina sacaron una conclusión que servía de igual manera para el resto de la provincia de aquellos venturosos, y en algunos aspectos nefastos años veinte: Nada mejor, para salir victorioso en una campaña electoral, que eliminar al contrario y enterrarlo, incluso de forma física.

Tomás Gismera Velasco