Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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viernes, 8 de mayo de 2015

MANDAYONA: EL CRIMEN DEL PIROTÉCNICO



MANDAYONA:  EL CRIMEN DEL PIROTÉCNICO

   Las sombras habían caído sobre la localidad de Mandayona, y el pueblo entero se aprestaba a las celebraciones del último día del año de 1892, en la esperanza de que nada extraño ocurriese y llegase el año 1893 con mejores ánimos, y noticias, de lo que concluyó y trajo el que quedaba atrás.

   Corrió el vino en las tabernas aquella tarde, y quienes pudieron celebraron el fin de año en familia, y después en la iglesia, como era costumbre, antes de retirarse.

   Entre quienes acudieron a la iglesia se encontraba el anciano don Pedro Martín Serrato, quien acudió junto a su mujer, sin sospechar que esa sería su última noche, su última misa, y su última celebración.

   Don Pedro había llegado para residir en Mandayona quince o veinte años atrás, procedente de la región levantina. Había llegado para recorrer los pueblos al hilo de la nueva moda de la pirotecnia, una industria todavía virgen por aquellos pueblos, pero que en las celebraciones patronales levantaba la admiración de quienes observaban en los cielos los fuegos de artificio. A ello se dedicó, y lo continuaba haciendo en un pequeño taller ubicado en el mismo domicilio.



   También era conocido que en el trasiego, de fiesta en fiesta, don Pedro se había hecho con un más que notable capital que, como es habitual, guardaba en la propia casa. Capital logrado recorriendo los pueblos alcarreños y serranos, desde Brihuega, hasta Atienza.

   Aquella noche, apenas lograron conciliar el sueño, los ruidos les pasaron desapercibidos. Cuando el matrimonio se percató de ellos tenían frente a sí a un joven vecino de la población, Tomás Esmeteras S., quien ni corto ni perezoso se abalanzó sobre el viejo Pedro con amenaza de rebanarle el cuello si emitía el menor grito o a su  mujer se le ocurría dar la voz de alearta.

   Ninguno de los dos lo hizo, pero cuando los amenazó para que les entregasen el dinero que escondían el anciano se negó, lo mismo que su mujer quien, en un descuido, salió corriendo escaleras abajo alcanzando la puerta y dándose a la huida, llamando a voces al pueblo para dar cuenta del asalto.

   No creyó Esmeteras que iba a ser reconocido, embozado como iba, y antes de darse a la fuga, por eliminar testigos, se llevó la vida del anciano pirotécnico.

   La mujer lo había reconocido por la voz, y a pesar de que inmediatamente salió del pueblo, fue puesta en guardia la patrulla de la civil, localizándolo en el monte próximo dos días después, llevándolo preso a la cárcel de Sigüenza donde tres meses después fue juzgado y condenado a muerte.

   De la condena a la última pena se libró con motivo de las festividades navideñas del año siguiente, en que la reina gobernadora aceptó concederle el indulto solicitado, a cambio de la pena perpetua en el penal de Figueras.

   A Tomás Esmeteras Sisimón, para responder de las costas del proceso y las indemnizaciones a que fue condenado, le fueron embargados todos sus bienes, valorados en poco más de sesenta pesetas.   

   La viuda de don Pedro, que le sobrevivió diez años más, continuó elaborando la pólvora, y dando a los pueblos de Guadalajara la luz de sus fuegos de artificio en sus fiestas, con la ayuda de los mozos que con su marido aprendieron, alguno de los cuales se hizo famoso maestro del arte pirotécnico.

Tomás Gismera Velasco