Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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lunes, 1 de junio de 2015

ARMALLONES: QUIEN MANDA, MANDA



ARMALLONES: QUIEN MANDA, MANDA

   Es lo que debió de pensar, al cometer su crimen, Raimundo P. G., no sólo en una parte del pueblo, también en la familia.

   Tenía fama de ser un mandamás, creció siéndolo e imponiendo su autoridad sobre todas las cosas hasta hacerse temeroso en ocasiones, sobre todo cuando alguien le llevaba la contraria.

   Contrajo matrimonio y como es lógico, mandó también sobre la mujer, y poco a poco en la familia de la mujer.

   A pesar de ello, la vida conyugal y familiar, para la época, se desarrolló con cierta normalidad, hasta que su cuñada se echó novio, un novio que, como es casi lógico, no era del gusto de Raimundo.

   Por todos los medios impuso a su mujer la inconveniencia de la relación, la impuso a la cuñada y la impuso al novio, a quien amenazó en más de cuatro ocasiones que de continuar viendo a la muchacha, se las tendría que ver, en otro sentido, con él.

   La cuñada, todo hay que decirlo, estaba viuda en el momento de echarse nuevo novio, siendo madre de cuatro hijos, y el novio, a juicio propio y de algunos más, no era trigo limpio, sino que le gustaba vivir de los demás. Por ello había engatusado a la viuda, doce años mayor que él.



   A pesar de todo, el amor es loco y nadie pensó en que sucediese nada extraño, imaginando que con el tiempo la furia se acabaría y al final terminaría cediendo, entre otras cosas, porque no era quién para interponerse en lo que no le traía cuento.

   Sin embargo decidió que de una vez por todas aquello se acabase. La noche del 9 de junio de 1913 esperó a quien podía haber sido su cuñado, Cástor V, a la salida del pueblo, ya que por allí se encontraba su casa y sin mediar palabra, y sin ser visto, lo apuñaló, dejándolo por muerto.

   Regresó a casa haciendo vida normal, hasta que las voces del vecindario alteraron el orden, dando cuenta de que Cástor se desangraba moribundo en el camino de su casa.

   Allí corrieron los vecinos, y allí corrió Raimundo seguido por su mujer, con el espanto del suceso. En aquellos momentos el cura le tomaba la última confesión, que acusaba a su asesino.

   Murió allí mismo, mientras Raimundo trataba de negar las últimas palabras del difunto. Se terminó por derrumbar, confesando su crimen.

   En el juicio, en la Audiencia de Guadalajara, fue condenado a muerte por garrote, comenzando a partir de entonces las gestiones por tratar de que se le perdonase la vida a cambio de la prisión perpetua.

   Los ayuntamientos de Sacedón, Armallones, Cifuentes y Guadalajara, nombraron comisiones para acudir a Madrid en solicitud del indulto, siendo recibidos por el Presidente del Consejo de Ministros, don Eduardo Dato, quien les dio buenas palabras en cuanto a las gestiones que llevaría a cabo en el Consejo, y ante el Rey.

   Había sido condenado también a pagar 3.000 pesetas de indemnización a los herederos, que nunca las pudieron cobrar.
                                                                                                                                                 
   Fue ejecutado por garrote en el patio de la cárcel de Guadalajara el 22 de febrero de 1915 a las nueve de la mañana. La ejecución costó poco más de quinientas pesetas.

Tomás Gismera Velasco