Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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lunes, 13 de julio de 2015

CONDEMIOS DE ARRIBA: LA MALDICIÓN DE LOS CHIMICHARRO



CONDEMIOS DE ARRIBA: LA MALDICIÓN DE LOS CHIMICHARRO                     

   Como si el cielo se hubiese vuelto contra ellos, así vivieron los hermanos Chimicharro, apellido muy común en la comarca de los Condemios. A pesar de ello, nuestros Chimicharro, de los que por aquí salió alguno, pareciera que llevaban escrita a sus espaldas la leyenda de la muerte.

   Fueron unos cuantos los miembros de esta familia, y al menos tres de ellos fallecieron de forma violenta. El primero por un quíteme allá veinte duros. Los enseñó en la taberna de Prádena y alguien pensó, los taberneros, que mejor que en los suyos estaban en otros bolsillos.

   El segundo, Guardia civil de profesión, murió en las indagaciones por el crimen de su hermano, dicen unos que si fue una caída del caballo mientras perseguía a los matadores. Otros que fue un fallo del corazón y los demás que algo de brujería hubo en aquello, porque lo cierto es que se volvió loco, lo encerraron en el manicomio provincial y en él falleció al poco.

   El tercero revistió todos los ingredientes para hacer que la Cuesta de la Vega, de Madrid, se convirtiese en uno de los lugares más vigilados a partir de la Navidad de 1929. Efectivamente, del que hablamos se ocupó el todo Madrid, pues en Madrid sucedió.






   Después de tantas desgracias, la familia optó por buscar nueva fortuna en otros lares, y lo hizo en Madrid, a donde se trasladaron los hermanos que quedaban, para trabajar en lo que buenamente pudieron, en la construcción los unos y como chóferes otros, y camareros los demás.

   A nuestro protagonista lo encontró la policía. Andaba patrullando por la Cuesta de la Vega y vieron un hombre tendido. El hombre estaba muerto, con la cabeza, al parecer, muy lastimada.

   Hecho  el registro le encontraron en los bolsillos un reloj, un duro, alguna calderilla, una petaca… Se trataba de Alejandro Chimicharro G., de 42 años de edad, de estado viudo, natural de Condemios de Arriba y con cuarenta tres años de edad. También le hallaron unos décimos de la última lotería, que no resultaron premiados. Costó identificarlo, la guardia lo logró por las participaciones de lotería que llevaban a las tabernas en las que las compró y en ellas, poco a poco, fueron dando algunos datos.

   Identificado, faltaba conocer las causas del crimen. Pues tal parecía. Primero se pensó en un atracó, que no tardó en desecharse, puesto que conservaba el reloj y algún dinero. Además todo en sus ropas se encontraba en orden y en el lugar del suceso no había nada que hiciese pensar en una muerte violenta, pero violenta fue la muerte, a pesar de que nadie en los alrededores vio nada extraño, ni escuchó nada raro esa noche, ocupados como estaban en preparar lo preparable para la cena del siguiente día.

   Se pensó en que todo fue un desgraciado accidente. El suelo estaba embarrado, un alambre mal puesta, una vigueta en el suelo… Alejandro se había desnucado al caer. Pues tenía rota la base del cráneo. Tan sólo que desde el lugar en el que supuestamente se dio el golpe, hasta donde cayó muerto, había dado nueve pasos.

   Además, había desaparecido una cesta con turrones que había recogido en la casa del encargado de la obra en la que trabajaba y con la que lo vieron por alguna taberna. Raro todo.

   La discusión entre la policía y los forenses, partidarios los primeros del asalto y los segundos de la muerte accidental, con el aliciente de que detrás de todo ello se encontraba la prensa, no se hizo esperar, llegándose a detener a varias personas, y fabulándose en que la cesta desaparecida podría contener turrón. ¿Nada más que turrón?

   Esa era la pregunta, y para encontrar respuesta la policía registró las tabernas y los domicilios de las personas con las que el difunto tuvo trato en los últimos días. Para complicar la cosa una de las cuñadas del muerto declaró que comía todos los días en la misma pensión, y en ella no lo conocían. En medio de todo ello, la autopsia oficial concluyó en que la muerte había sido accidental…

   La vida de los Chimicharro saltó a la prensa, y por Madrid se hacían multitud de cábalas en torno a lo ocurrido, esperando a ver quién sería la siguiente persona que en cualquier lugar de la ciudad apareciese descalabrada a cuenta de la mafia de los carteristas de los tranvías, de los de la venta de bebidas ilegales, de los falsificadores de moneda…

   Fue autorizado el entierro, mientras las investigaciones continuaban, el 28 de diciembre. Al tiempo que aumentaba la expectación ya que no se detenía a un culpable. Enlazándose el caso de nuestro paisano con otros sucedidos en parecidas circunstancias, más de aquellos se tenía la constancia de que los encausados se encontraban detenidos.

  Al final, mediado el mes de enero, el juez de distrito, tras releer los informes de la autopsia decretó accidente y ordenó cerrar el caso.

   Nadie creyó que lo fuera.

Tomás Gismera Velasco