Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

domingo, 13 de septiembre de 2015

ALBENDIEGO: BESTIAS NEGRAS



ALBENDIEGO: BESTIAS NEGRAS                


   No tenían otro calificativo, ni lo tuvieron en su tiempo dos de los mozos de aquel pueblo, quienes lo lanzaron a la crónica negra de España después de cometer uno de los crímenes más atroces que imaginar podamos.

   Y el pueblo, y la comarca, y la provincia, se compadeció de ellos, cosa que no hicieron ellos. Calificarlos de animales sería poco, ya que los animales no se comportan, ni mucho menos, de manera tan bestial a como lo hacen algunos, demasiados, humanos.

   Los mozos, primos entre sí, Saturnino Sanchez, de oficio carpintero y Rufino Sanzchez Núñez, de 27,  labrador, fueron los protagonistas del suceso. Las bestias.

   Juana Romeroles, una muchacha de 20 años de edad, la víctima.

   Todo ocurrió una noche del mes de agosto de 1899, cuando ambos primos, después de andar de taberna en taberna, por las dos o tres que entonces había en Albendiego, se retiraban a sus casas y mientras lo hacían vieron pasar a la muchacha, a Juana.  No se les ocurrió mejor forma de terminar la noche que llevándose a Juana a la era y…

   Se preocuparon de que nadie los viese, de que uno la llamase y el otro se quedase vigilando en las esquinas, llevándola a lo más oscuro. Cuando lo consiguieron le taparon la boca, para evitar que gritase. Después, tras llevar a cabo lo más vil de sus acciones, la apuñalaron y abandonaron su cuerpo donde creyeron que pasaría inadvertido.

   No tardó en ser descubierto. Primero porque la familia notó su ausencia y salió medio pueblo en su búsqueda. Después comenzaron las detenciones. La primera, por sospechas, porque ya lo había dicho en más de una ocasión, Saturnino, junto a algunos mozos más, a los que después se puso en libertad tras comprobar que nada tenían que ver en el asunto.

   Saturnino, muerto de miedo, acusó al primo. El había sido quien ideó la trama y quien al final clavó el piñal en el pecho de la muchacha. Por si fuera poco, cuando saltó la noticia de la aparición del cadáver, Rufino escapó del pueblo.

   Fueron condenados a dos penas de muerte, más 17 años y cuatro meses de prisión cada uno, y a indemnizar a los familiares de la víctima con 5.000 pesetas de las de 1900. Tenían 22 y 27 años de edad cuando recibieron la condena, que la escucharon con entera y sin apenas inmutarse, quizá sabiendo que después de lo hecho, les esperaba el garrote, vil.

   A Rufino, para responder del pago económico del delito, le fueron embargados sus bienes, una novilla, cuatro ovejas y una cabra… valorado todo ello en 197 pesetas…

   Los de su primo, entre azuelas, formones, garlopas, tierras, huertos, casa, unas cabras, tres sierras y dos ovejas alcanzaban a las mil.

   Para entonces, salvo que se pidiese de forma expresa y fuese consentido por el tribunal de turno, ya no se ejecutaba en la plaza mayor del pueblo en el que se cometió el delito. Fueron condenados a morir por garrote en el patio de la cárcel del distrito, la de Atienza.

   La maestra de Atienza, Isabel Muñoz Caravaca, contraria a la pena de muerte, fue quien encabezó las peticiones de clemencia: “El crimen merece castigo… Es demasiado grave la culpa… La venganza no alzará a la víctima de su tumba…” Junto al Alcalde, y las fuerzas vivas, del pueblo y la provincia, acudió doña Isabel a Madrid en busca del indulto a la última pena, porque no quería que Atienza fuese testigo de la muerte de dos criminales y llevase ese baldón en su historia.

   Fueron indultados de la última pena en la Navidad de 1900, pasando a cumplir sus penas, de por vida, en los penales de La Gomera y Figueras. Nunca más se supo de ellos. El Consejo de Ministros había dado el visto bueno a la ejecución, y cuando los libraron de la muerte el verdugo ya se encontraba en Atienza.

Tomás Gismera Velasco