Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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sábado, 26 de septiembre de 2015

ILLANA, EL CRIMEN DE ANGEL


ILLANA, EL CRIMEN DE ANGEL

   Complejo sería imaginar lo que pasó por la cabeza de Angel S.T,, cuando el 17 de noviembre de 1955 decidió poner fin a una parte de lo que hasta entonces fue su vida, llevándose por delante la de su propia familia.

   Fue uno de los sucesos más espantosos de la Guadalajara de después de la Guerra, tanto que la prensa provincial, entonces con un único medio, no hizo la menor mención al suceso, como si callándolo, quisiera dar a entender que nunca existió. Nunca debió de existir.

   La prensa nacional lo contó con tintes macabros:

   “En una casita situada en uno de los lados de la carretera a la entrada de la localidad de Illana fueron hallados los cadáveres del matrimonio compuesto por Antonio S. A., de cincuenta años de edad, jornalero agrícola, y de su esposa, Alberta T. V., de cuarenta y ocho; así como de sus hijos, Antonio, de diez, y de una niña de ocho años. Todos presentaban tremendos cortes en diversas partes del cuerpo, producidos al parecer por golpes de hacha u otro objeto cortante.



   Según las indagaciones practicadas, en la noche anterior, como de costumbre, un anciano familiar estuvo cenando con ellos, y tras fumar un cigarro se retiró a eso de las diez de la noche.

   Una hora después llegó otro hijo llamado Angel, de veinticuatro años, soltero, que vivía también con ellos, encontrando los cadáveres de sus padres sobre la cama del dormitorio, y los cuerpos, también sin vida, de las dos criaturas en la misma habitación, pero separados.

   Según manifestaciones de Angel, aterrorizado ante aquél espectáculo marchó a la casa de su novia, situada en las cercanías, donde dio cuenta del suceso, avisando a las autoridades.

   Inmediatamente se puso también el hecho en conocimiento del Gobierno Civil, iniciándose la práctica de las diligencias…”

   No tardó la Guardia Civil en realizar algunas detenciones, entre ellas la de varios vecinos de la localidad, y las del propio hijo y hermano de las víctimas, de quien comenzó a sospecharse desde el mismo momento de la llegada del juzgado, ante las declaraciones contradictorias del muchacho, y de otra de sus hermanas, quien probablemente se libró de la muerte al dormir en casa de un familiar.

   Poco después de su detención, y ante la presión de los interrogatorios, confesó su crimen, dando cuenta de cómo había terminado con la vida de sus padres en un visto y no visto, tomándolos por sorpresa, a golpes de podón. No quedó claro por qué lo hizo. La Guardia Civil sospechó que sus padres se negaron a darle algún dinero con el que comenzar nueva vida, y de ahí habría partido todo. Angel selló su boca para siempre. Como selló la de sus hermanos pequeños. Habían visto desde la alcoba en la que dormían, aterrados de miedo, como acababa con sus padres. Después acabó con ellos, para eliminar testigos.

   Fue condenado a cuatro penas de treinta años de prisión por parricidio y asesinato, con las agravantes de parentesco y nocturnidad.

(A Julio García Bilbao, debo la primera noticia)

Tomás Gismera Velasco