Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 18 de octubre de 2015

MILMARCOS: EL FIN DE LA JUERGA



MILMARCOS: EL FIN DE LA JUERGA

   De lo acontecido en Milmarcos, con ocasión de esa fiesta que dio comienzo con la venta de una yegua y terminó de la peor forma posible, dio cuenta la  prensa provincial de Guadalajara con motivo de celebrarse el juicio, en el mes de noviembre de 1912:

   “Uno de los juicios más importantes que se han visto últimamente en esta audiencia fue el que se celebró el miércoles de la semana pasada, en el que actuaba como defensor el célebre jurisconsulto Sr. Aragón.

   En el banquillo de los acusados sentábase el vecino de Milmarcos, Julián Marorales T., alias Cojillo, de unos 30 años de edad, autor de la muerte de Francisco H., residente también en dicho pueblo.

   En el hecho de autos parece intervino el señor de Peleón, principal responsable de la mayoría de esa clase de delitos.

   Al vecino de Milmarcos, Ruperto G., se le había extraviado una yegua la cual fue encontrada por el procesado Julián Marorales y para celebrar el hallazgo el dueño de la caballería obsequió a varios amigos con una cena la noche del 21 de mayo último (1912).


   Entre los comensales se encontraba el procesado Julián, asistiendo también, sin que nadie lo hubiese invitado el que pocas horas después era cadáver.

   No hay que decir que durante la cena circuló el botillo con vertiginosa rapidez entre los comensales, los que, deseos sin duda de continuar rindiendo culto al dios Baco se trasladaron a una taberna del pueblo donde se acabaron de arreglar.

   En estas condiciones Francisco H. tuvo la fatal ocurrencia de llamar Cojillo a Julián; este se puso hecho un basilisco y a punto estuvieron el tío Paco y el Cojo de mascarse la nuez dentro de aquella taberna.

   Cuando todos los comensales se retiraban a sus domicilios, Francisco se colocó en medio de la calle, esgrimiendo un descomunal cuchillo y diciendo que ni Dios se atrevería aquella noche con el tío Paco.

   Al oir tal cosa Julián M. y sin que nadie pudiese evitarlo, sacó otro cuchillo de grandes dimensiones con el que ocasionó a Francisco H. una terrible herida de la que falleció a los pocos segundos.

   El fiscal, Sr. Martínez, calificaba el hecho de asesinato cualificado por la alevosía, con la agravante de reincidencia, solicitando para Julián M la pena de muerte.

   De la prueba testifical resultó que el tío Paco y el Cojo habían bebido bastante peleón.

   Como nota pintoresca merece citarse la comparecencia de un sordo mudo para que dijese lo que había oído esa noche.

   Como el infeliz no pudiese decir ni una palabra, el presidente Sr.. Alafont ordeno fuese retirado de la sala.

   En vista del resultado de la prueba, el fiscal modificó sus conclusiones calificando el hecho de homicidio con las agravantes de reincidencia y embriaguez habitual.

   Fue breve el informe del Sr, Martínez si bien estuvo muy elocuente, lo mismo que el defensor, quien solicitó del jurado un veredicto de inculpabilidad por haber obrado Julián en legítima defensa.

   De acuerdo con el veredicto del Tribunal de hecho, Julián fue condenado a diecisiete años, cuatro meses y un día de presidio más el pago de costas e indemnización a la viuda con 2.000 pesetas.

   Y así terminó una juerguecita comenzada en el pueblo de Milmarcos la noche de un 21 de mayo”.

   La crónica la firmó un tal “Licenciado Rubio”.

Tomás Gismera Velasco