Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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sábado, 14 de noviembre de 2015

MORATILLA DE LOS MELEROS: EL CRIMEN DEL CARTERO



MORATILLA DE LOS MELEROS: EL CRIMEN DEL CARTERO

   Sucedió en los días previos a aquella orgía de sangre que convirtió España en un mar de confusión, en el que se sucedieron las venganzas, hablaron las balas y, todavía, casi ochenta años después de muchos de aquellos sucesos, se mantienen frescas las memorias de los mayores recordando lo que vivieron.

   En muchas poblaciones de España se dieron casos de venganzas cobardes. Aquello que señalaban quienes tenían la vara de gobierno, municipal o nacional, de que el obrero tenía que rendir tributo con su trabajo al patrono, y en demasiadas ocasiones, cuando el obrero exigió sus derechos, el patrono se las apañó para demostrar que quien manda, manda, aunque fuese a fuerza de contratar a matones que se encargasen de dar “una lección”.

   Sucedió en muchas poblaciones españoles. Y en los días previos a que hablasen las balas pasó en Sigüenza, y un par de meses antes, en Moratilla de los Meleros.


   Aquí, a pesar de que los carteros andaban en medio huelga, como los jornaleros de la tierra, que se pondrían a ella poco tiempo después, la discusión la provocó la política.

   El cartero del pueblo, Víctor B., se atrevió a defender en la taberna sus ideas republicanas, y los derechos de los obreros, cosa que no gustó a unos cuantos mozos que inmediatamente se fueron hacía él.

   Víctor, con algunos de aquellos, se enzarzó primero en la clásica discusión, de las palabras se pasó a las manos.

   Podía haber quedado así la cosa, pero no. Los mozos del pueblo, según algunos medios, llamaron a algunos amigos de Sigüenza, estos vinieron a Moratilla, se dirigieron a la casa del cartero, lo sacaron de la cama, y de casa y, al final, tras la consiguiente paliza, lo remataron a tiros después de coserlo a puñaladas.

   Cerca de cincuenta personas, de Moratilla y Sigüenza, intervinieron en la salvaje agresión y linchamiento, ya que así lo consideró el abogado de la acusación, Guillermo Cabanellas.

   De los cerca de cincuenta acusados 27 pasaron por el juzgado y se sentaron en el banquillo de la Audiencia de Guadalajara, defendidos en su mayoría por uno de los abogados más notables por aquellos días en asuntos penales, el marqués de Villabrágima, hijo del conde de Romanones, quien hizo unos alegatos dignos de recordarse.

   Logró del sagrado tribunal que la mayoría de las pruebas y testimonios fuesen anulados y que la mayoría de las pruebas fuesen, igualmente, rechazadas.

   De los 27 acusados únicamente 10 fueron condenados, la mayoría de ellos por delitos menores, como allanamiento de morada, tenencia ilícita de armas o escándalo público.

   Únicamente dos de aquellos fueron condenados por homicidio, Jesús D. P. y Pablo M. C, y porque no había mayor solución que condenar a alguien. Lo fueron a diecisiete años de cárcel e indemnizar a la viuda de la víctima con 10.000 pesetas.
   Por supuesto que ni cumplieron la pena, ni depositaron la indemnización. Unos meses después fueron puestos en libertad, considerados como héroes.

   Todavía, al día de hoy, hay quien considera que aquellos que empuñaron las armas para eliminar a quienes les señalaban, fueron héroes.

Tomás Gismera Velasco