Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

domingo, 13 de diciembre de 2015

ATIENZA: POR UN PUÑADO DE REALES



ATIENZA: POR UN PUÑADO DE REALES

   Sí. Sucedió en Atienza. En la Atienza de mediados del siglo XIX, más bien pasado. En 1863, entre familias de las alta sociedad local, los Madrigal, los Infante y los Arribas.

   Un Arribas Infante dio muerte, de una pedrada, a un Madrigal. Podría resonar, dicho de esta manera, a chufla, pero fue real.

   El Madrigal, que se encontraba pasando un aprieto económico, no se le ocurrió mejor cosa que pedir algo de dinero prestado, lo justo para unas jarras de vino y unos escabeches en las ferias de septiembre, al Infante. No hubo problemas a la hora de ajustar el préstamo. Ambos eran de reconocida solvencia, y la cantidad, dos o tres reales, no resultaba excesiva.

   Aguardó el mozo de los Infante a que el joven de los Madrigal le reembolsase la deuda, según lo prometido y ajustado, en pocos días. No fue así, por lo que, pasado el mes de octubre y acercándose a los santos, Infante le pidió su dinero.

   No le gustó al bueno de Madrigal que, delante del vecindario se le solicitase una deuda que como bien le dijo, le pensaba pagar en su momento, pero entonces, y pedida de aquellas malas maneras, podía darla por caducada.  




   Es más, Madrigal retó a Infante, a duelo de navaja, si tenía agallas, en defensa de sus dos reales.

   El mozo, viendo la navaja, se asustó y salió corriendo, y lo que debía de haber terminado en aquel momento, se complicó al instante. Como viese que el otro le seguía, navaja en mano, ni corto ni perezoso agarró un pedrusco y lo arrojó contra su retador, con tan mala fortuna y buena puntería que lo derribó al suelo, abriéndole la cabeza.

   Durante todo aquel mes se debatió entre la vida y la muerte.  Falleció finalmente a primeros de diciembre. Infante se entregó al juzgado, porque no había intención, y poco que esconder en su acción. Todos cuantos vieron lo sucedido juzgaron que se trató de defensa propia y la piedra buscó herir, porque las piedras no tienen ojos.

   Fue condenado a siete años de prisión, y a indemnizar con 2.000 reales a los herederos de su víctima. Se juró que nunca más volvería a prestar un real, y no lo hizo.

Tomás Gismera Velasco