Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 6 de diciembre de 2015

GUADALAJARA: LA MUJER DEGOLLADA



 GUADALAJARA: LA MUJER DEGOLLADA

   Así tituló la prensa el suceso.

   Añadiendo después: De tal modo ha llegado a interesar al público tan tristísimo suceso que estos días no se ha hablado de otra cosa en la población, haciéndose mil suposiciones y conjeturas, la mayor parte de ellas, desprovistas de fundamento.

   El caso reunía todas las circunstancias para que, bien explotado, pudiese conducir a elevar la venta de periódicos. Los periodistas, por supuesto, y a pesar del secreto del sumario, no ahorraban conjeturas en torno a la vida y obra de quienes se encontraban comprometidos en el asunto: una madre soltera y otra amante de su familia; un joven de buena presencia, una mujer de probable vida licenciosa…

   Todo empezó cuando Valeriana R., una agraciada moza conquense, residente en Madrid, dejó la Villa y Corte para aposentar en Iriépal, donde también se avecindó su madre, y alguna de sus amigas. Valeriana había llegado allí del brazo de un alto  funcionario del Tribunal Supremo, quien se había enamorado de ella convirtiéndola en su mujer, a ojos del vecindario.

   Hasta que las desavenencias la hicieron dejar al funcionario de justicia, trasladando su residencia a Guadalajara. En esta ciudad se ocupó de las labores domésticas de la casa de don José de O., un capitán de Infantería que tenía su domicilio en la plaza de Don Pedro.

   Hasta que el capitán abandonó Guadalajara y Valeriana se quedó sin casa, nuevamente. Había aprendido el oficio de corsetera, y como tal comenzó a ganarse la vida, haciendo algunos trabajos particulares, ofreciendo sus trabajos en el mercado de abastos. Una de las mujeres que en él vendían, verduras en este caso, Juana C., luego de consultarlo con su marido, inválido y en cama desde hacía años, se la llevó a vivir a su casa, para hacerla los trabajos y ejercitarse como corsetera en ratos libros.

   La llegada de Valeriana a aquella casa supuso una verdadera revolución. Los hijos de Juana, uno sastre y otro barbero, empezaron a beber los vientos por la moza de San Clemente, y algo debió de notar Juana en los ojos de su marido, porque sin dudarlo demasiado la puso de patitas en la calle. Aduciendo que era Valeriana quien corría detrás de los hombres, en lugar de pensar que eran los hombres quienes trataban de seguir los pasos de Valeriana.

   Es el caso que el sastre sospechaba que su hermano, locamente enamorado de la moza, se metía con ella en la cama. El barbero pensaba lo mismo de su hermano.

   Anastasio, el barbero, se declaró perdidamente enamorado. Y se dispuso a contraer matrimonio con Valeriana, a pesar de la edad. El no había cumplido aún los veinte años y ella rondaba los treinta y siete. Pero nada hay imposible cuando el amor sale al camino.

   Valeriana se colocó nuevamente de asistenta, en casa un conocido industrial arriácense, don Blas C., en la calle Mayor Alta, donde don Blas vivía con su hija Patrocinio y ante cuya puerta se turnaban, cuentan, los hermanos, por seguir sus pasos.



   A la una y media de la tarde del jueves 14 de febrero de 1902, dio comienzo el juicio de la causa en la audiencia provincial de Guadalajara. En el banquillo se sentaba el joven enamorado, Anastasio, el barbero que había perdido el juicio por la mujer de sus sueños. En su favor declararon dos médicos, el de Trijueque y uno de Guadalajara, para decir que Anastasio tenía algo de imbécil, queriendo decir que era algo retrasado, lo que confirmaron los maestros peluqueros para los que había trabajado, aunque ellos dijeron que tenía algo así como mal genio, pues era de carácter bastante irascible y a la menor la emprendía a palos, destrozando el instrumental de la barbería correspondiente.

   El fiscal negó la imbecilidad del muchacho, y pidió del jurado, y del Tribunal, una condena ejemplar y ejemplarizante. El defensor, brillante a juicio de la prensa, hizo cuanto pudo por defender al joven, y a juicio de algunos medios más de lo que merecía.

   Se retiró a deliberar el jurado, y regresó a la sala cuando fueron capaces de ponerse de acuerdo con el veredicto.

   Les preguntó el presidente de la Sala: ¿Anastasio V., es culpable de haber causado a Valeriana V., hacía las once de la mañana del 15 de noviembre último, con una navaja de afeitar y en el callejón de Luis de Lucena de esta capital una herida penetrante en el cuello que interesando la yugular y la tráquea la produjo la muerte en el acto?

   El jurado no tuvo dudas con la respuesta: Sí.

   Una nueva pregunta: Anastasio V., ¿Fue condenado por delito de lesiones por sentencia ejecutoria de treinta y uno de diciembre de mil ochocientos noventa y seis?

   La respuesta fue también Si. Respondieron que Anastasio ni estaba imbécil y estaba loco, y cuando cometió su acto, estaba en sus cabales más cuerdas.

   A pesar de todo, el tribunal fue benevolente para el delito que había cometido. Tan sólo lo condenaron a 17 años, cuatro meses y un día de prisión, y a indemnizar a la madre de Valeriana con 2.000 pesetas.

   Anastasio, el día de marras, convenció a Valeriana para que lo siguiera a su casa en busca de algunas cosas que se dejó en ella. Se detuvieron a hablar en el callejón. Allí Anastasio la pidió una y mil veces que se fugase con él, o se casará o se fueran juntos a cualquiera parte a lo que la mujer le dio la negativa por respuesta. No se contentó con ello, sacó la navaja que guardaba en el bolsillo…

   Se entregó al momento, confesando el crimen…

   Fue a parar a prisión, pero no pudo pagar la indemnización correspondiente. Podía tratar de cobrarse algo a los padres del encausado y dejarlos en la calle, o que la madre de la pobre Valeriana perdonase la deuda. Se buscó por todas partes a Juana G.M., la madre de Valeriana. No fue encontraba.

   Otra parte de la prensa, menos sensacionalista en este caso, cerraba su información diciendo: Con verdadera indignación protestamos de tan terrible crimen, haciendo votos porque no se repitan en esta capital hechos que tan poco dicen en favor de la cultura de un pueblo.

Tomás Gismera Velasco