Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 28 de febrero de 2016

VILLAVIEJA: EL CRIMEN DEL HARAPIENTO



VILLAVIEJA: EL CRIMEN DEL HARAPIENTO

   Así quedó definido el criminal.

    Lo cierto es que más que harapiento podía definirse pobre. La justicia lo definió, a la hora de mandar a buscarlo, pobre de solemnidad.

   “licenciado del ejército, sin que se halle inutilizado de ningún miembro de unos 40 a 45 años de edad, estatura baja, de buen color, llevando capote para arroparse, pantalón negro, gorra con visera de charol, zapatos muy malos y morral de cáñamo a la espalda,  con un canuto de hojadelata en el que dice que lleva la licencia”.

   Se suponía que las dos licencias, la del ejército, y la de pobre que le permitía ir de pueblo en pueblo pidiendo la caridad. Pues hubo un tiempo en el que, para pedir la caridad, era necesario un documento oficial que indicase que a causa de la pobreza, no quedaba otro remedio.
 

   Nadie sabía exactamente como se llamaba. Si que pasó por Uceda, El Casar y todos los pueblos rayanos con la provincia de Madrid, a lo largo del invierno de 1863 al 64.

   Algunas limosnas recogió, hasta llegar a Villavieja, cerca de Torrelaguna, donde fue igualmente bien recibido. Mucho más por una pobre mujer de aquella localidad, Anastasia V., de quien juzgaron que tenía demasiado buen corazón para meter en casa a un desconocido. Pero corría el mes de marzo y la nieve estaba al borde de todos los caminos.

   Le dejó dormir,  la noche del 21 de aquel marzo de 1864, en el pajar, junto a las cuadras. Y la buena de Anastia se encerró como solía en su alcoba, sin sospechar lo que había de suceder poco después.

   Apenas se dio cuenta de nada, pues cuando la llamaron desde el otro lado de la puerta, anunciando que se prendía fuego la casa, la mujer salió al pasillo y al momento recibió el susto de su vida.

   La encontraron al día siguiente, en la cama. Cadáver. Había sido asfixiada, y la casa registrada de arriba abajo. Algo debía de faltar, pero nadie supo el qué.  Por supuesto que todas las sospechas recayeron en aquel hombre, a quien nadie más volvió a ver por aquellas tierras y, por mucho que lo buscaron, nunca fue encontrado.

Tomás Gismera Velasco