Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

lunes, 7 de marzo de 2016

CARDEÑOSA: TIEMPO DE ESPERA



CARDEÑOSA: TIEMPO DE ESPERA

   Dos años esperó Santiago del R. en la cárcel de Sigüenza la decisión de si sería ajusticiado mediante garrote en la plaza Mayor de Atienza, en la de Cardeñosa o en la de Sigüenza.

   La sentencia lo condenó a eso, a morir mediante garrote. A sus cómplices, Julián Andrés y Andrea Hernando se los condenaba a 14 y 16 años, respectivamente, y mientras Santiago esperaba, ellos ya cumplían parte de condena.

   Corría el año de 1891 cuando aquello se debatía. El delito estaba  cometido desde bastante tiempo atrás… A Santiago no sólo lo habían condenado a muerte. También a indemnizar a los herederos de su víctima con 2.000 pesetas de la época que, por supuesto, no tenía. Le fue embargado el único bien que poseía, una borrica de pelo pardo y cinco años de edad, con sus cabezadas, cincha casi nueva y sudadera. Valorado todo ello, borrica incluida, en 80 pesetas y 75 céntimos.




Cifuentes: El crimen del ermitaño. Pulsando aquí


   Santiago era de estatura más bien alta que baja, de unos 25 años de edad, cara seca, pelo castaño, y vestía pantalón azul oscuro de pana bien remendado, blusa azul, gorra, tapabocas y capa parda cuando ocurrieron los hechos, y desapareció sin dejar rastro de la venta de Cardeñosa, a la que llegó por un casual en el mes de marzo de 1891.

   Había conocido en la feria de Atienza a Liborio A., vecino de Mochales, quien acudió a la feria a vender alguno de sus ganados. Lo hizo, unas cuantas vacas, y a lomos de su mula, con el producto de la venta, se dispuso a regresar a su localidad de origen sin sospechar que tras sus pasos, como solía suceder en aquellos tiempos y ocasiones semejantes, había alguien.

   Dejó atrás el camino de Atienza y se metió en Cardeñosa con intención de acortar hacía su localidad a través de Santamera. Allí se detuvo la tarde del 20 de marzo, y allá se hospedó Santiago quien, con su palabrería, convenció al matrimonio que regentaba el lugar que le siguiesen los pasos. No había ningún peligro en engatusar a Liborio con unas jarras de vino. Del resto se encargaría él, de repartir el producto, también.

   Ninguno de los tres supuso que Liborio tendría tanto aguante.  Cuando se retiró a su camastro, con la noche cerrada, llevaba en el cuerpo media docena de jarras de vino. Y cuando lo creyeron dormido, mientras el matrimonio vigilaba las puertas, Santiago se  introdujo en el cuarto para registrar sus cosas en busca de los billetes cuando, al ruido, Liborio se despertó.

   La noticia de que se le indultaba de la muerte le llegó a mediados de diciembre de aquel año de 1892, en la cárcel de Sigüenza. El decreto lo firmó el gobierno el día 13. Nevaba, y hacía frío, mucho frío en la ciudad episcopal. Tanto o más que aquella tarde en la que, cuando Liborio se dio cuenta de que alguien le registraba las alforjas, se levantó dando tumbos, dirigiéndose a la sombra que lo hacía.

   Aquella sombra, la  de Santiago, al verlo, sacó de entre sus ropas la navaja y, antes de que Liborio se apercibiese, se la clavó en el costado.

   Entre los tres lo dejaron moribundo en las cercanías de Riofrío, donde lo encontraron, ya muerto, quienes regresaban de la feria de Atienza y tomaban el camino de Sigüenza. Las indagaciones de la Guardia civil dieron, pasado un mes, con quienes cometieron tamaña orgía de sangre. Los pasos primeros llevaron a Cardeñosa, donde confesó el matrimonio. Santiago fue detenido, dos meses después, camino de la feria de Almazán.

   No le gustó que lo perdonasen.

   Tomás Gismera Velasco