Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 20 de marzo de 2016

OREA: LOS QUINCALLEROS



OREA: LOS QUINCALLEROS

   Nunca gozaron de buena fama. Antes bien, los quincalleros, como hombres de mundo y que fueron de pueblo en pueblo y feria en feria a lo largo de los siglos, arrastraron por la península la mala fama de ser, aparte de vividores, ladrones, borrachos, juerguistas y unas cuantas cosas más. Algunas, ciertamente, eran reales. Otras muchas se fueron añadiendo a la mala fama de unos pocos que arrastraron a quienes finalmente se dedicaban al oficio.

   La venta ambulante de la quincalla, que abarcaba a toda una serie de géneros menudos. Al tiempo que arreglaban algún que otro útil y, de paso, se llevaban, según la fama, lo que podían. Pudiera ser, dados los tiempos que pasaron, y los siglos que vivieron, supervivencia. Y cada cual sobrevive como puede.

   No era infrecuente que fueran en cuadrillas, recorriendo los pueblos, haciendo noche allá donde se ponía el sol.

   Y así debió de sucederles en Orea, cuando mediado el mes de julio de 1898 llegaron los quincalleros, al menos media docena, con sus carromatos, sus bártulos, y sus escándalos.

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   En Orea, y entre ellos, por cuenta del vino, lo protagonizaron en la taberna del pueblo. Aquellos que llegaron desde la provincia de Teruel, si bien quien protagonizó el suceso, León Gascón, era natural de Henarejos, en la provincia de Cuenca, y tenía fijada su residencia a efectos oficiales en la de Valencia, en la Puebla de San Miguel.

   León era un hombre joven, de 18 años cuando todo sucedió. Soltero, bajo y de pelo negro, cara redonda y sin barba. Y se le vio vestido con un pantalón de pana del color de la verde botella, blusa de franela, pañuelo de seda a la cabeza, alpargatas abiertas…

   De su oponente, Marcelino Bel, poco conocemos, salvo que igualmente procedía de Teruel y residía en Valencia hasta aquella tarde noche en la que se quedó a residir, para siempre, en Orea. Puesto que a causa de una de esas discusiones de quién paga el vino y se lleva la menor parte de lo sustraído, León sacó la navaja y en la misma taberna le acometió con tal saña que allí mismo lo dejó muerto sin que nadie, ni propios ni extraños, se atreviesen a intervenir.

   Fue atendido por el médico de Orea, quien confirmó la muerte a causa de una de las heridas que le afectó el corazón, siendo enterrado tras la oportuna autopsia, en el cementerio de Orea, acompañado por parte de su familia, que lo acompañaba en aquel deambular por las tierras de España, dedicándose al mismo oficio.

   Uno de los hijos del difunto, que llevó el mismo oficio que su padre, fue detenido en varias ocasiones, por robos, en distintos lugares de las provincias de Teruel, Albacete y Cuenca. Mientras todavía continuaba buscándose a León, de quien nunca más se supo.

Tomás Gismera Velasco