Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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sábado, 1 de octubre de 2016

SACEDÓN:LA MADRASTRA PRUDENCIA



SACEDÓN:LA MADRASTRA PRUDENCIA

   Sumida en un mar de lágrimas encontró el bueno de Santos Herrero a su mujer cuando regresó del campo en la mañana del 15 de julio de 1875. Su mujer, Fernanda, sostenía entre sus brazos el cadáver del pequeño, dieciocho meses recién cumplidos, toda la vida por delante y, porque no decirlo, todas las desgracias sobre Santos.

   No había nada que hacer. El chiquillo, aunque el padre lo trató de reanimar, sin poder creer que la muerte hubiese venido de nuevo a visitar la casa, no tenía gota de sangre en su cuerpo; un cuerpecito lleno de moratones. La mujer le contó que, tras regresar de hacer algunas compras, después de dejar al chiquillo a cargo del hermano mayor, este había desaparecido y el pequeño estaba muerto en el suelo de la sala donde, efectivamente, un charco de sangre delataba que allí algo oscuro sucedió.

   Santos, con el chiquillo entre los brazos, acudió en busca de justicia a la Guardia civil. De justicia y de que buscasen al culpable de tamaña barbaridad, y al hijo mayor. Su mujer detrás, lloriqueando incansablemente.





   De las investigaciones se hicieron cargo el juzgado y el comandante de puesto de la Guardia civil de Sacedón, quienes se pusieron a la labor de encontrar primero al pequeño desaparecido, conociendo que podía ser testigo de lo ocurrido, caso de no ser el autor de aquello, por envidia, como la mujer de Santos acusaba. A nadie se le pasaba por la cabeza que un chiquillo de cinco o seis años hubiese cometido el crimen. El difunto, quien recibió sepultura envuelto en lienzos blancos en el cementerio de la localidad, además de los golpes tenía un profundo corte en el pecho que le interesaba el hígado y los pulmones, causa final de la muerte.

   No eran, el pequeño recién enterrado y el desaparecido, hijos de la llorosa Fernanda quien, tras la muerte de la madre de aquellos contrajo matrimonio con Santos quien a su vez buscaba a alguien que se los atendiese. Cosas de los tiempos.

   Y todos, en Sacedón y su partido, se hacían lenguas del trato que Fernanda daba a los chiquillos, a quienes había adoptado como si hubiera sido ella quien los parió.

   Hasta que la aparición del hijo mayor de Santos llegó para poner las cosas en su sitió. Para contar cómo la madrastra, en el momento en que desaparecía el padre, se liaba la manta a la cabeza y la emprendía a palos con ambos, llamándolos de todo. Él, el mayor, podía entender alguna de las cosas que la mujer les decía y escapar cuando la cosa se ponía brava; el pequeño, en cambio, apenas podía valerse.






   Aquél día…

   Lo relataba la prensa, después del juicio: “La madrastra hacía a estos infelices grandes demostraciones de cariño delante de su marido, hasta el punto de hacer creer que les profesaba un afecto mayor aún que el que tenía a sus propios hijos. Más, sola con ellos, los maltrataba cruelmente. Un día, el 15 de julio de 1875 dio tales golpes al más pequeño de aquellos infelices que le produjo la muerte a los pocos momentos. No satisfecha aún sus ferocidad al verle muerto lo arrojó al suelo y se puso a bailar sobre su cuerpo ya inánime. Llamó luego al mayor y le obligó a pesar de su resistencia a lavar las manchas de sangre que había en el suelo. Realizada esta operación salió demostrando el mayor pesar a pedir auxilio a una vecina por la muerte de su hijo…

   La juzgó la Audiencia de Guadalajara, y después la de Madrid. La condena, la que los tiempos pedían: pena de muerte.

   Se movilizó la provincia, y el partido, y el señor Calderón Collantes, diputado, ministro… Pero la sentencia estaba dictada y el crimen, horrendo, pedía su castigo.

   Fue ejecutada en la plaza mayor de Sacedón en los últimos días de abril de 1877, después de que todas las instancias a las que se recurrió rechazasen la conmutación de la pena.

EL TEXTO ÍNTEGRO PRÓXIMAMENTE EN "SÉALES LA TIERRA LEVE"
Tomás Gismera Velasco

Nota. (Los nombres de los involucrados en el suceso no son reales, los hechos, sí).