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domingo, 16 de octubre de 2016

TORDELLOSO: INVIERNO DE SANGRE



TORDELLOSO: INVIERNO DE SANGRE

      Por todos los vecinos de Tordelloso, pequeño lugar a las espaldas del cerro de Atienza, eran conocidas las malas relaciones habidas entre Juana P. A. y Agustina M. A.

   Las disputas entre ambas se remontaban en el tiempo a muchos años atrás de que se sucediesen los hechos, a pesar de que tuvieron un breve paréntesis, el justo para celebrar el matrimonio de sus hijos y ambas convertirse en consuegras.

   Tras el paréntesis volvieron las discusiones. La una a la otra se acusaba de quitarse los huevos de las propias gallinas, o de apedrearlas cuando se acercaban a una u otra casa. Discusiones vecinales que nadie pensó que fuesen más allá de unas voces.



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   Hasta que el 27 de enero de 1950 la discusión habitual para el vecindario se convirtió en algo más. Ambas mujeres se enzarzaron en su clásico lenguaje de insultos. De los insultos pasaron a las manos, y mientras en ello estaban, acertó a pasar por allí el joven S. E. H., a la sazón de 18 años de edad y quien, como en aquel  episodio en el que Beltrán Claquín ayudó a un rey a liquidar a otro, escuchó las voces de Agustina, sujetando a Juana.

   Según las declaraciones efectuadas después ante la Guardia civil, mientras el joven sujetaba los pies de la víctima, Agustina la golpeaba con una piedra. Luego, por si algo quedaba, el joven la apuñaló.

   Nadie fue testigo del suceso, más que los intervinientes en él, por lo que dejaron a la mujer y marcharon a sus respectivas casas, siendo hallada la víctima por su marido, quien puso el caso en manos de los civiles de Atienza.

   Tardaron diez días en encontrar a los culpables. Ambos se confabularon para justificar su presencia en otros lugares, hasta que al fin confesaron, culpándose mutuamente del suceso.

   Ambos fueron acusados de homicidio, y condenados a distintas penas, al tiempo que a indemnizar a los herederos de la víctima. La sentencia firme se dictó en 1953, siéndoles embargados todos sus bienes, que no alcanzaban ni a la mitad de la cantidad fijada  como indemnización.

   Tomás Gismera Velasco