Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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miércoles, 30 de noviembre de 2016

CENTENERA: TODOS A UNA



CENTENERA: TODOS A UNA

   Un sol de plomo y fuego se cernía sobre la localidad de Centenera, en plena Alcarria de Guadalajara, en los inicios de la tarde del primero de agosto de 1879. Un sol de plomo que había de ser testigo de uno de los sucesos más dramáticos que había de vivir la provincia en aquel año ya que, en anteriores y posteriores igualmente los vivió. Eran tiempos de sucesos dramáticos.

   Centenera, conocido por la voz del pueblo, vaya usted a saber el porqué, como Centenera de Abajo, que por aquel entonces contaba con una población cercana a los 400 vecinos, en donde el Alcalde ejercía su función y la de ganadero; el sacristán era al mismo tiempo maestro y secretario municipal, a aquellas horas, dormía la siesta. Quien podía, claro está, puesto que muchos hombres, mujeres y niños, por ser tiempo de recolección, andaban a lo suyo. A la siega, por el campo.

   Cantaban las chicharras y no se movía una brizna de hierba y en las calles dormitaban los perros, a la sombra, con la compañía plácida de los gatos, dormitando también a la sombra de las higueras, sobre las tapias de los corrales.


   El sigilo de las tardes de agosto en la placidez de la Alcarria. Sigilo que cantaron los poetas y los romances y que, de buenas a primeras, se vio roto por el aullido tenebroso de quien, temiendo por su vida, se lanza a pedir el último auxilio de quien, o quienes, pueden librarle de las garras de la muerte.

   El grito de espanto salió de la casa del cura, de don Eugenio. Un:

   -¡¡¡A mí la justicia!!!

   Que recorrió las cuatro calles y 82 casas del pueblo y despertó, de un sopapo, a quienes dormitaban al fresco del portal.

   Nadie había visto ni sentido nada extraño en los minutos previos a la voz tenebrosa del cura pidiendo auxilio. Nadie observó nada raro fuera de algún que otro ladrido de los perros, siguiendo quizá los movimientos inspectores de alguna lagartija bajo el sol de agosto.

   Sin embargo, cinco hombres, dos a lomos de caballejos malamente ensillados, tres a pie, entraron en el pueblo a eso de las tres de la tarde, o minutos antes. Que en aquello de precisar el tiempo, cuando el tiempo no tiene precisión, no hay quien se ponga de acuerdo. El caso es que todos, después de ocurrido el suceso, coincidieron en señalar que serían alrededor de las tres y de la tarde, y para la historia del crimen quedó que aquello tuvo lugar alrededor de las tres de la tarde. A pesar de que, siempre hay quien trata de sobresalir, dijo que aquello no sucedió sino a las cuatro y media de la tarde en punto. Que el sol señalaba su línea recta sobre la torre de la iglesia cuando, siguiendo la historia patria, la sombra de la torre se desparramaba justamente como lo hacía cuando eran las cuatro y media de la tarde.

   Los cinco, los dos de acaballo y los tres de a pie, llegaron, como si la conocieran de toda la vida del Señor, que entonces se decía, a las puertas de la casa del cura, de Centenera. Don Eugenio Hurtado, que llevaba por nombre.

   Les abrió la puerta la muchacha. Luego de que uno de ellos tocase con los nudillos, con ligereza, la madera. Que se abrió al empuje, cuando la muchacha se disponía a entreabrirla.

   Le dio mala espina la mala encaradura de aquellos. Malos pelos. Malas ropas. Malos ojos…. Todo malo.

   -Ustés dirán… -que la muchacha les dijo.

   -Al señor cura queremos ver –que le dijo uno de aquellos, el Antonio el del Pinoso, por nombre y apodo.

   -Y quien le digo que lo reclama, porque el señor cura a estas horas está durmiendo la siesta –que volvió la muchacha a indicar.

   -Le dices que venimos de parte de don Mariano Santamera, y que queremos hablar con él.

   La sobrina del cura, que andaba detrás de la chica, y escuchó la conversación, se adelantó a llamar a su tío, que dormía hasta entonces con placidez en la sala.



   Bajó al momento, cuando todavía el Antonio el del Pinoso trataba de convencer a la chica de que les franquease el paso a la casa, para hablar con el cura en nombre del dichoso don Mariano Santamera a quien, en aquellos momentos, nadie parecía conocer.

   Tampoco el cura quien, por si los acasos, les preguntó el motivo de la indicación.

   -Asunto particular –que volvió a insistir el Antonio.

   Lo subió a la planta de arriba, a la sala. Donde el cura tenía sus cosas. Los cuatro restantes quedaron abajo, aguardando a las indicaciones del Pinoso.

   Fue entonces, cuando el cura se disponía a sentarse en su sillón frailuno cuando el Pinoso mostró en sus manos un pedazo de cordel que, con oscuras intenciones, enseñó al señor cura.

   -¿Qué pretende usted hacer? –Preguntóle el cura.

   -Eso lo sabrá más tarde, a menos que me entregue todo el dinero que tenga.

   Y entonces llamó a otro de los suyos, el Julián. Sus pisadas se sintieron graves y chirriantes sobre la madera de la escalera cuando el cura, lanzándose a la ventana dio el grito pidiendo auxilio.

   -¡¡¡ A mí la justicia!!!! ¡¡¡A mí la justicia!!! ¡¡¡Ladrones!!! ¡¡¡Ladrones!!!

   Sobre él no cayó la justicia, sino el Antonio el Pinoso, quien lo derribo al suelo y comenzó a darle golpes, buscando acallarle la lengua mientras una voz de mujer, la de la de la Pascuala, desde una de las salas de la planta baja, allí de parloteo hasta poco antes con la sobrina del cura, abrió las ventanas y volvió al mismo grito:

   -¡¡¡ Ah de la justicia!!! ¡¡¡Ah de la justicia!!!

   Nadie hubiera sabido decir cómo ni por donde o de qué manera, pero al instante, como si todo estuviese prevenido, una procesión de mujeres y chiquillos, y ocho hombres, que los demás andaban por el campo, armados con los más diversos útiles que tanto podían ser hachas de cortar la leña, horcas, piedras, palos o cuchillos, se dirigían vocinglera a la casa del cura.

   En la casa se cerraron las puertas y a pesar de que la gente trataba de derribarlas, las puertas no cedían al empuje. Desde dentro se escuchó el trueno de un disparo. Mientras que para entonces el cura y su sobrina María se había logrado zafar de los asaltantes y escapaban a través del granero. a criada y otra de las vecinas que habían acudido a la cháchara, la Andrea, desde la sala, a través del balcón, se tiraron a la calle.

   Alguien dijo aquello de:

   -¡¡¡Para qué las hachas…!!!

   Y a hachazos trataron de abrirlas en el momento en que se abrieron de forma inesperada y una descarga de trabucos a punto estuvo de acabar con medio pueblo. Por fortuna únicamente hirieron a uno de los valientes esforzados que trataban de salvar la vida del cura, el valiente Jacinto, que se llevó las perdigonadas, o lo que fuesen, en una de las manos y una de las piernas, mientras se abalanzaba contra los malhechores que trataban de escapar. Y como el Jacinto eran de los que iban armados, disparó su arma. Uno de los bandoleros cayó al suelo, como muerto y muerto estaba, según comprobaron después.

   Alguien dijo que… ¡Aún quedan cuatro!

   Se armaron de valor para, tras unos instantes empleados en cargar los trabucos, volver a abrir las puertas y a tiro limpio tratar de salir a la calle. Las cargas de la fusilería de los vecinos de Centenera derribó a otro de los bandoleros, mientras los tres restantes se lanzaban hacía los dos cabellos. El Pinoso y Julián lo lograron, el tercero, se agarró a la cola del caballo del Julián y comenzó a correr, tratando de subir a las ancas cuando un nuevo disparo de la fusilería centenera lo derribó, dejándolo muerto entre el polvo. Al tiempo que los otros dos, al galope tendido de sus caballos, escapaban sin saber hacía dónde…

   Aquella misma noche llegaron los guardias civiles, desde Torija y Guadalajara, tras recibir aviso de lo sucedido, para instruir las diligencias oportunas en unión del juzgado, que también se personó a la mañana siguiente para encontrar al animoso cura que se enfrentó a los ladrones dando cuenta de lo sucedido y en cama, con algo de gravedad, al Jacinto que hizo los primeros disparos y se llevó los únicos que hirieron a alguien. Para aquellas horas a Jacinto le amputaban la mano, tan grave se la dejaron las esquirlas del trabuco.

   El cura, y el Ayuntamiento de Centenera, con su secretario al frente, si dirigieron entonces al rey para pedir una recompensa para aquel buen hombre, Jacinto del Barrio, que había perdido su mano en defensa de la vida del cura. De Madrid llegó la notificación, a los dos o tres días, de que Su Majestad, don Alfonso XII, de su propio bolsillo, premiaba el arrojo del valiente con una recompensa de 1.000 pesetas ¡nada menos!, y al señor cura le llegó carta de su eminencia, el arzobispo de Toledo diciéndole que, cuando quisiera, para salir de aquella población, lo colocaba de cura en la parroquia que eligiese, aunque fuera en Guadalajara. Aunque, de momento, se quedó en Centenera. También don Benito Chávarri, abogado de Guadalajara diputado en Madrid, pidió una recompensa para el bueno de Jacinto del Barrio, y el ministerio de la Gobernación envió una carta de gracias al pueblo de Centenera en unos días, mediados de agosto, en los que la salud de Jacinto comenzó a empeorar a causa de una incipiente gangrena.

   Jacinto del Barrio falleció unos días después, el 28 de agosto a las diez de la noche, dejando en el mayor desamparo a su familia, una mujer imposibilitada de un brazo, y dos chiquillos de apenas cinco o seis años de edad. Moría con la consideración de héroes popular, y provincial.





   También se pidió una recompensa para don Crisanto Parada, secretario y maestro y sacristán del pueblo quien con valentía se enfrentó a los ladrones en unión de Jacinto, tanto a la diputación como al Gobierno, pero se conoce que no vieron en él los méritos que en quien acabaría difunto. A pesar de que se le recomendó para recibir una cruz benéfica. La de la Beneficencia. Con Crisanto salió poco después de Centenera y desempeñó cargos de alta responsabilidad en la vida legislativa de Guadalajara. Falleció, avanzado en edad, en el mes de enero de 1912.

   Los tres muertos, de entre los asaltantes, recibieron sepultura en el cementerio de Centenera al día siguiente de tener lugar aquellos sucesos, sin que nadie los pudiera identificar, puesto que nadie los había visto con anterioridad por allí.
   Los escapados fueron identificados como Antonio Alfonso, natural del Pinoso, en la provincia de Alicante, y Julián Cárdenas, de Tielmes, en Madrid. También identificaron a un tercer sujeto que al parecer fue cómplice de todo, Agustín Martínez, conquense de nacimiento. Nadie supo más de ellos.

   Salvo los ciegos que, por espacio de muchos años, contaron con pelos y señales, y vos ronca enseñando la caverna desdentada…. lo ocurrido en Centenera con el sol cayendo a plomo en el primero de agosto… Cuatro muertes se cobraron las páginas de aquel drama… escrito con sangre y fuego… en las tierras de la Alcarria…

Tomás Gismera Velasco