Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

miércoles, 7 de diciembre de 2016

ATIENZA: COLÁS EL PERISTA



ATIENZA: COLÁS EL PERISTA

   Colás, que como cualquiera puede intuir no se llamaba Colás, aunque muchas personas lo conocieran por este, en realidad apodo, se llamó en vida Macario García Hidalgo. Bueno, para ser sinceros tampoco se llamó de esta manera, el nombre, por respeto a sus herederos, es supuesto, como la inmensa mayoría de quienes forman parte de esta sección de “Guadalajara Crónica Parda”. Pero es cierto que pudo llamarse Colás, como diminutivo de Nicolás. Lo dejaremos, pues, en Macario García Hidalgo, alias Colás.

   Vivió nuestro buen Colás los años dorados del trapicheo de las décadas de 1930/40/50 en el Madrid en blanco y negro de las páginas turbias que se enrollan, lían y vertebran en torno al Rastro madrileño, donde nuestro buen paisano de Atienza (Guadalajara), tuvo local de compra y venta de antiguallas, por no decir de chatarra que, en la actualidad, se llamaría “industria de recuperaciones” o algo así. Su establecimiento, estaba situado en la calle de Santa Ana número 1, semiesquina a la calle de la Ruda, justo detrás de la plaza de Cascorro, o entre la plaza de Cascorro y la calle de Toledo. Por situarnos mejor.

   Salió muy joven de Atienza y, como emprendedor de la época, montó su negocio en la década de 1920. Un negocio que no tardó en saltar a las páginas de la prensa con un suceso imprevisto, pero que no dejó de llamar la atención:





   …”Macario García Hidalgo, dueño del establecimiento de compraventa instalado en la calle de Santa Ana número 1 ha denunciado que fracturando los cierres y algunos muebles, le han robado de dicha tienda géneros por valor de 2.500 pesetas…”

   Apenas pasado un año de esto, en el de noviembre de 1929, nuestro Colás se vio implicado en otro incidente. Cuatro chorizos de poca monta asaltaron una sastrería en la calle de Bravo Murillo de Madrid, llevándose una buena colección de trajes de corte que revendieron donde pudieron y, al ser detenidos por la policía contaron que, uno de los compradores no era otro que nuestro Colás, donde se recuperó parte de lo robado. Colás era ya para la policía un conocido perista. Alguien que, como no se nos escapa, compraba objetos robados sabiendo que lo eran.

   Tuvo unos meses de tranquilidad, suponemos que de meditación en la cárcel, de la que hubo de salir en 1931, ya que, de nuevo, nuestro Nico se vio involucrado, por supuesto que por “accidente”, en otro hecho que llamó la atención de la prensa madrileña.

   Fue con motivo de una cacería llevada a cabo por gente importante en Santa Cruz de Mudela, en aquella finca del marqués del título donde las codornices se cazaban a cientos, o a manotazos sin necesidad de pegar un tiro Nada menos que dos generales fueron las víctimas, a la puerta de su casa, en la calle del Príncipe de Vergara (Barrio de Salamanca). De su coche les fueron sustraídas las armas de caza, las perdices cazadas (30 piezas), y otros varios objetos por valor, en esta ocasión, de cuatro mil pesetas. Que se reconvirtieron en ciento veinticinco que nuestro Nico pagó a los cacos. Algunas de las piezas robadas ya las había vendido, por un valor muy superior, cuando la policía lo detuvo de nuevo.

   En otros domicilios, de nuestro Colás y de alguno de sus amigos, conforme fueron cantando donde se guardaban los objetos robados, otro tanto y más; ya que nuestro atencino, como buen descendiente de herreros, que pudo ser, había abierto sucursales del negocio en la calle del Águila y en el 13 de Santa Ana.

   No volvemos a tener noticias suyas hasta casi tres años después. Imaginamos que su silencio estuvo ocasionado por algunos meses de privación de libertad. El caso es que en el mes de noviembre de 1933 se produjo otro importante robo de joyas, en esta ocasión valoradas en cien mil pesetas, de un domicilio en la plaza de Santo Domingo que, por casualidad, se encontraron en el domicilio de Colás, el perista de Atienza.

   Volvió a las andadas al año siguiente, 1936 y al estallar la guerra dejó la capital por la provincia de Guadalajara, trasladándose, presumiblemente a Atienza tras un ligero paseo por Talavera de la Reina (entonces de Tajo), donde mejor podía vivir sin riesgo de ser perseguido por alguno de los bandos en liza, ya que muy pocos sospechaban en su pueblo natal que el hijo del tío Luis y la señora Martina se dedicaba a lo que se dedicaba: la receptación, el hurto, el robo, el peristeo… 





   Hasta que llegó el final de la guerra, volvió a actuar la justicia y a Guadalajara llegaron las requisitorias de Madrid en su búsqueda que, poco después fueron anuladas, suponiéndose que aquellas anulaciones de las requisitorias, que finalmente le fueron levantadas en el mes de noviembre de 1942, obedecían, sin duda, a la colaboración política y policial. Nuestro Colás sabía muchas cosas y podía trabajar desde el lado oscuro, delatando.

   El principal de los sumarios que tenía pendientes, el 84 del año 1936, respondía al robo de cientos de piezas de vehículos llevados a cabo en el pueblo de Carabanchel Bajo, ya que nuestro Colás, sin dejar el negocio de las joyas y alhajas se había dado cuenta de la importancia que comenzaba a tener el mundo de la automoción.

   Desconocemos qué le sucedió a partir de entonces. Sí parece ser que su fortuna comenzó a perderse al mismo tiempo que su salud. En el mes de noviembre de 1958 vivía de la caridad que ofrecía la iglesia a la que pertenecía, la de La Paloma. En aquella era asistido, entre otros muchos vecinos, por padecer una enfermedad grave con invalidez física. Tenía entonces 63 años de edad.
    
Tomás Gismera Velasco
(La historia completa, próximamente en “Atienza, crónica parda”)