Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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domingo, 12 de marzo de 2017

MILLANA: VENENO EN LA SANGRE



MILLANA: VENENO EN LA SANGRE

   Debían de tenerla, los tres protagonistas; porque los vecinos de Millana lo que tuvieron en la sangre, por espacio de varios meses, no fue sangre, sino hielo.

   Un hielo que se apoderó de sus cuerpos, de sus huesos y de su, por qué no decirlo, espíritus. Porque al suceso se añadió la extrañeza que lo acompañaba y el que, durante mucho tiempo, el caso permaneciese en ese extraño limbo de “los casos sin resolver”.

   Aquella mañana ni hacía demasiado frío, ni demasiado calor para el día que era, mediado el mes de marzo. El día 17, que fue cuando alguien se dio cuenta de que la puerta de la casa del señor Félix permanecía cerrada.




   Alguien, por aquello de mal pensar, pensó que lo mismo el anciano, y su doncella, la señá Ángela, toda la vida metida en la casa, se habría metido en otros lugares… y, la falta de costumbre, o la edad, que ambos ya tenían cumplidos los sesenta, les había alargado el sueño.

   Lunes era, tras un domingo en el que el silencio, como las tardes de los domingos de aquel tiempo en Millana, invitaban al recogimiento tras el sonido de las campanas llamando a la oración de la tarde. Lunes, 17 de marzo de 1884, fecha que quedaría marcada en los calendarios del lugar por tiempo indefinido.

   Que si sí, que si no. Lo no con lo otro, alguien determinó, por si acaso, poner el caso en manos del juez municipal y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, corrieron a buscarlo.

   Llegó, cachazudo el viejo don Andrés, con ese aire de sobrada presencia que tenían los jueces municipales de aquellos tiempos y, en compañía de unos cuantos vecinos, inspeccionó exteriormente la casa. La puerta principal sin asomó de violencia, ni las ventanas, ni los corrales… Nada que a lo exterior indicase que allí, desde fuera, hubiese sucedido nada extraño.

   Se pensó en que, por aquello de los fríos, ambos, el anciano don Félix y la pobre Angela, la criada de toda la vida que por ser don Félix gente de bien, y de dinero, se podía permitir tener doncella, se habrían intoxicado con las brasas de la lumbre, o del brasero.

   Echaron la puerta abajo y, lo mismo que el exterior se encontraron el interior, sin asomo de violencia, ni disturbio y tampoco, por aquellos cuartos que comenzaban a la puerta del pasillo y terminaban en la oscuridad más absoluta, se hallaban ni don Félix, ni la seña Angela. En las camas respectivas, tampoco.

   Encontraron al final, en la sala de don Félix, una de las arcas con la tapa abierta, algo revuelto el interior y fuera de su lugar dos canastillos, uno de mimbre y otro de enea, vacíos.

   Don Félix era, en aquellos tiempos, lo que hoy llamaríamos “el rico del pueblo”. Era entonces el mayor propietario de Millana y sus entornos y, el mayor contribuyente. Ángela García llevaba en la casa desde que tenía uso de razón. Había criado a los hijos del matrimonio, que ya casados y con hijos a su vez, se había distribuido por la zona. La hija vivía en el mismo Millana, había otros en Alcócer e incluso en Sacedón vivían dos más.

   Que busca que te busca, al final una voz tenebrosa gritó desde lo más oscuro de la cuadra de las mulas:

   -¡¡¡¡Aquí, aquí están!!!

   Allí estaban, efectivamente, sin vida, medio cubiertos bajo una leve capa de estiércol con el que habían tratado de ocultar, un poco más, la muerte de ambos.

   Don Andrés, el juez municipal, dijo aquello de que nadie toque nada y que hay que avisar a la Guardia Civil y, efectivamente a ello se fue. A avisar a la Guardia Civil que llegó al poco desde Alcócer. Y el juez desde Sacedón y comenzó a indagarse en el asunto.

   La prensa, atenta a todo, dio cuenta del suceso en medio de un clima tenebroso. Porque lo mismo que sucedía en Guadalajara, ocurría en otros muchos lugares:

   …Los crímenes aumentan de un modo aterrador. Hoy nos escribe nuestro corresponsal de Sacedón, provincia de Guadalajara, que el domingo por la noche fueron asesinados en el inmediato pueblo de Millana el honrado y anciano propietario don Félix M., y su ama de llaves, también anciana, habiendo aparecido en la cuadra los cadáveres de los dos, cuando acudieron las autoridades en vista de la extrañeza que causó a los vecinos el hecho de no abrirse el lunes la puerta de aquella casa. Créese que el robo fue el móvil de este delito, cuyo autor, o autores, se ignoran, pues el señor M., era el mayor contribuyente del pueblo…

   De las pesquisas que se hicieron entre los civiles y los juzgados, se averiguó que ambos habían muerto por estrangulamiento, y que antes de morir se habían defendido bravamente, aunque, lógicamente, sin resultado. Por lo que se llegó a la conclusión de que, evidentemente, habían sido al menos dos los asesinos.

   El entierro de don Félix y del ama de llaves, Angela G., fue en Millana uno de esos acontecimientos dolosos que reúnen a la comarca. El anciano, además de buena persona, según todos; de rico propietario, a ojos de la hacienda pública y buen padre de familia, según los hijos, tenía buenas amistades, en la política regional, provincial y, por supuesto, local.

   Allá, a las puertas del cementerio, se vio a toda la familia, envuelta en lloros y lutos, recibiendo los pesares de los vecinos y todos, familiares y vecinos, preguntándose quiénes serían los que se llevaron aquellas vidas que, por mucho que la Guardia Civil investigaba y detenía a supuestos maleantes, no conseguía encontrar a los culpables o, al menos, la confesión de alguno de aquellos malandrines con fama de todo, menos de buenas personas.

   Allá por el mes de agosto, con los asesinos todavía libres, la misma prensa que diese la noticia primera, volvía a insistir en el tema de que un asesino anda suelto, a pesar de todos los pesares, y que las gentes de Millana, y de los alrededores, en cuanto se ponía el sol, ni a la calle se atrevían a salir:

   … Nuestro corresponsal de Sacedón, provincia de Guadalajara, elogia el interés que siguen desplegando las autoridades para averiguar todo lo referente al horroroso y doble asesinato perpetrado el 16 de marzo en el pueblo de Millana en las personas del honrado propietario don Félix M., y su criada Ángela G.




   Las medidas del juez municipal y del de instrucción, así como del comandante de la Guardia Civil de Alcócer, incansable en sus pesquisas, van dando por resultado indicios que han de arrojar mucha luz sobre este inaudito y misterioso crimen que con razón tiene acobardados a los vecinos del pueblo. Este parece un cementerio en cuanto cae la tarde y es indudable que están constantemente amenazadas las personas que trabajan por descubrir la verdad…

   Puestos a detener, y por señalar a alguien capaz de llevar a cabo tamaña barbaridad, suponiendo que fue llevada a cabo por rencillas políticas, la Guardia Civil se llevó a los calabozos a don Gil, que fue alcalde de Millana en numerosas ocasiones. Y de los crímenes se le culpó, en unión de otro convecino, el señor Juan, y sabe Dios cuántos más. Ni sopapos fueron capaces entre unos y otros de sacarles confesión de culpabilidad, pudiendo todos los detenidos mostrar a carta cabal en qué lugar se encontraban cuando se cometieron los asesinatos.

   Aquello pintaba mal, en cuanto a la resolución, por lo que, apartadas las inquinas políticas, fuera de cargo la herencia, puesto que allí no había discusiones entre los hijos y herederos, tan sólo quedaba el robo. Y nadie en Millana había dado muestras de gastar más de lo justo.

   Hasta que… con un poco más de vino metido en el cuerpo, alguien se fue de la lengua y…

   Lo impensable… La hija de don Félix, que había enviudado, contrajo nuevo matrimonio con un sujeto, de Millana de toda la vida, o vida mala. El sujeto tenía gustos caros, y se llevaba bien con los nietos del viejo. Una noche, aquella noche, el yerno y los nietos saltaron la tapia del corral. El yerno se ocupó del suegro… Los nietos de la criada. Terminado su trabajo, y tras ocultar los cadáveres en la cuadra volvieron a saltar la tapia del corral llevándose unos cuantos duros en billetes que encontraron… El juicio, en Sacedón, lo podemos imaginar. También la condena, y sus resultados, dos años después de sucedido el caso.

Tomás Gismera Velasco