Dirección de Correo, T. Gismera Velasco: atienzadelosjuglares@gmail.com

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lunes, 17 de abril de 2017

ATIENZA. LAS NIÑAS DE SAN GIL



ATIENZA. LAS NIÑAS DE SAN GIL

   Don Juan, el alcalde de Atienza, aquella noche en la que oreaba serena la luna, lanzó un grito de esos que hielan la sangre en las venas y todo el barrio de San Gil, a una, abrió los ojos para lanzarse a la ventana, a mirar a través de ella para no ver más que el reflejo que, en la oscuridad, señalaba la casa.

   Corría el mes de mayo. Un mes de mayo con muchas celebraciones para un pueblo como Atienza, y se había preparado el Alcalde para recibir a unos cuantos invitados que, como todos los años, tendrían que visitar la villa: por las Santas Espinas, que aumentan la caridad; por San Isidro, que agua trae para los campos; por… Por todo ello, don Juan, que además de alcalde era panadero, pasó los últimos días preparando roscas, y panes, y bollos y, sabe Dios cuántas cosas más. Porque fueron días en los que había que trabajar duro para no perder comba.

   No era la primera vez que algo así ocurría, pero cuando los vecinos de aquella plazuela de detrás de la Calle Real vieron correr a don Juan en ropas menores, reclamando la atención del vecindario, quienes se echaron a mirar por la ventana supieron que algo grave pasaba. Don Juan se había tirado a la calle desde la ventana del primer piso, y por ella, y por las demás, como lenguas del infierno, las llamas asomaban sus ojos, amenazantes, mientras don Juan, ahora con la certeza de que los vecinos correrían en su auxilio, lanzó el grito que nadie esperaba:

-¡¡¡Las chicas están dentro!!! ¡¡¡Las chicas están dentro!!!

   Y su mujer también.

   Los gritos de las tres mujeres en demanda de auxilio se escuchaban en el fondo de la casa, con voces tétricas que anunciaban el miedo. Hasta que los gritos se dejaron de oír.

   Para entonces, una columna de hombres y mujeres, con cubos de agua que pasaban de una mano a otra, comenzaba en la fuente de San Gil, subía la calleja y doblaba la esquina hasta donde la tea de la casa de don Juan iluminaba la noche.

   Pero no había forma. Las llamas lamían una y otra vez la fachada hasta que el tejado se achaparró sobre los cimientos, sin consuelo posible para aquel hombre.







   A eso del mediodía, con las luces en la cima del cielo, y cuando de las piedras únicamente salían columnillas de humo que delataban que allí hubo una casa, y un horno de cocer pan, se aventuraron a ir retirando las piedras, hasta que, al fin, dieron con ellas, con los cuerpecillos de las dos pequeñas, y con el cuerpo de su madre, que, como si hubiese tratado de protegerlas…

   La noche volvió a echarse sobre aquella casa, casi que para siempre. Pues ya no hubo consuelo para aquel hombre que, desde entonces, todas las noches acudía a ver las ruinas de su horno de pan, y a escuchar el lamento de sus hijas, a las que no pudo salvar.

   Y desde entonces, todas las noches, las niñas de San Gil cantan canciones de niña que juega a la comba, entre ruinas y escombros, o se ocultan bajo las ramas de un saúco que creció entre las ruinas y, en las noches de viento, piden auxilio a quien pasa… Son, todos los de por allí las conocen así, las niñas de San Gil.

   Los gatos se suben a la tapia de lo que queda del caserón, atraídos por el murmullo...

   Sucedió, en Atienza, en el barrio de San Gil, un 17 de mayo de 1890…

Tomás Gismera Velasco